Durante el primer verano del siglo XX hubo casos locales de Peste Bubónica. Lo que empezó como una alerta sanitaria terminó en desalojos, quema de casas y exilios forzados al oeste.

Los primeros meses del 900 no trajeron alegría estival a la aldea capitalina, que por ese entonces trepaba como faro cosmopolita de la Belle Époque: primero una ola de calor dejó muertos e insolados en casas y veredas, después la Peste Negra, un sufrimiento medieval, arribó al Plata en busca de vidas porteñas.

caras y caretas 24 de marzo de 1900

Durante semanas, las ambulancias tiradas por caballos iban de un lado al otro en busca de insolados. Muchas veces, desde los centros de asistencia llevaban cuerpos sin vida a los cementerios, volvían y salían a las calles por nuevas “víctimas del calor”, como titulaban diarios de la época. Las fotos de ese tiempo muestran cortejos fúnebres y médicos desbordados entre calles semivacías al resplandor mortífero.

Mañana zarpa un barco

En este contexto, llegó de Europa la Peste Negra a Sudamérica. El mal bajó del norte a la Capital: “En el mes de octubre último (el de 1899) se produjeron a bordo del vapor «Centauro», que hace la carrera entre Buenos Aires y Paraguay, varios casos de muertes rápidas que fueron calificadas de sospechosas”, evocó Caras y Caretas en febrero de 1900 y agregó: “La misteriosa enfermedad había sido propagada por unos marineros portugueses que servían en él, y sea de ello lo que fuere, a los pocos días hizo su aparición la peste en los cuarteles de Asunción”.

En Formosa, durante enero, murieron una niña del Paraguay y dos chicos locales. Fue tras la llegada de unos barcos costeros “cargados de fruta” que habían violado la escasa “vigilancia sanitaria”.  La Peste bajó al litoral. En Rosario murió una lavandera mayor de edad llamada Filomena. En la ciudad hubo temor, pero también bronca. Agustina Prieto, investigadora del Consejo de Investigaciones de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), dijo a La Capital que los diarios de época informaron sobre el asunto pero “de común acuerdo” postularon que había “una suerte de complot de los exportadores de Buenos Aires para cerrar el puerto de Rosario”.

Entre roces con autoridades de Higiene nacional, los rosarinos abrieron un lazareto en el barrio Villa Etchegorta con boticas y un pabellón de autopsias. Fueron a parar muchos peones de barrancas rurales. La ciudad estuvo aislada por un tiempo, pero la Peste siguió su viaje al sur.

Horizonte porteño

El primer infectado en Buenos Aires vivía en Talcahuano 22. Se llamaba Sebastián Caseñere, “peón en el 11 de Septiembre (Balvanera), en uno de cuyos molinos, el del señor Etcheto, que tiene frecuentes comunicaciones con el Rosario, se han presentado entre el personal los primeros casos”, informaba Caras y Caretas en su edición 77, del 24 de marzo de 1900, bajo el título “Contra la Bubónica”.

El segundo caso se produjo en un conventillo de Cangallo 2883 (actual Perón), a metros del 11 de Septiembre. El afectado era don Remigio Rusconi. “Luego han seguido denunciándose casos sospechosos en el mismo barrio”, agrega la revista. Los funcionarios locales aislaron bajo “rigurosa observación” a aquellos que presentaban “algunos caracteres que inspiraran desconfianza” y a sus vecinos.

Las autoridades desalojaban sus viviendas para prenderlas fuego. Tenían un protocolo al respecto: demolían la construcción, removían la tierra, ponían vallas de madera en torno a la habitación del supuesto infectado y luego regaban cercos de zinc para cazar ratas y “pulgas bobónicas”. Así obraron en la calle Castelli 21-31, Perú 729, Gascón 278, Cevallos 935, Necochea 936, Caseros y Labardén, Industria 471 y Andes 1788 (nombres de la época).

En la esquina de Alberti y Victoria (Hipólito Yrigoyen), a dos cuadras de Estación Once, había un conventillo. Al enfermar uno de sus habitantes, Rómulo de Nicolari, la casa fue condenada al fuego. “Todos los que moraban en su interior fueron detenidos, privándoseles de que se repartiesen por la ciudad y se convirtieran en transporte de los «posibles gérmenes de la enfermedad»”, describe la revista. Una comisión vecinal, vestida de sobrios trajes negros y bombines de ala ancha, presenció las llamas mientras el dueño de casa lamentaba la decisión municipal.

De Once a Liniers

Los vecinos desalojados llegaban en ambulancia a la estación Once. Vigilados por las autoridades, partían en tren hacia un lazareto improvisado en un cuartel militar en Liniers, con 168 mil metros de superficie y amplias habitaciones.

“En los vagones se escuchaban todos los idiomas y casi todos los dialectos de la Europa Meridional. Aquella gente, en su lengua, decía mil pestes de la Bubónica”, dijo Caras y Caretas. En un primer viaje se llevaron 216 personas. En otra tanda a 147. Algunos habían pasado primero por la improvisada Casa de Aislamiento.

El terror a la muerte ensombreció el tono de aquel tiempo. Por caso, en la edición del 21 de abril de la revista citada el redactor Eustaquio Pellicer dijo: “Somos, pues, nación grata a la muerte, y podemos vanagloriarnos de figurar entre los pueblos más fúnebremente progresistas y que más acelerados marchan por el camino del cementerio”.

El rastro de los habitantes forzosos del lazareto se pierde en los diarios de época, como si el regreso a las calles porteñas fuera dato menor. Sin embargo, la historia de cómo los excesos públicos corrieron de plano a una peste milenaria hace pensar cuando el remedio es peor que la enfermedad.

Juan Castro

Redactor