Boca que arrastra mi boca, boca que me has arrastrado, boca que vienes de lejos a iluminarme de rayos. Alba que das a mis noches un resplandor rojo y blanco, boca poblada de bocas, pájaro lleno de pájaros ¡Canción que vuelve las alas hacia arriba y hacia abajo! Muerte reducida a besos, a sed de morir despacio ¡Das a la grama sangrante dos tremendos aletazos! El labio de arriba el cielo y la tierra el otro labio. 

Los versos de Miguel Hernandez flotaron en el aire de la Plaza Constitución el último 2 de octubre cuando  Mariana Solange Gómez y Rocío Girart  se besaron bajo el techado abierto del nuevo centro de trasbordo que une el ferrocarril Roca, la línea C de Subterráneos y las líneas de transporte automotor con más espectacularidad que eficiencia. Los besos que se brindaron estas dos jóvenes, casadas desde hace un año, provocaron una discusión con la policía de la ciudad que terminó con una de ellas detenida en la Oficina Policial de la Estación Boedo de la línea E de subte. El origen de este atropello comenzó cuando un empleado de Metrovías  se acercó a Mariana quien en ese momento fumaba y se besaba con su pareja, para solicitarle que apague el cigarrillo, en un lugar sumamente amplio y ventilado en el que no se ven carteles de prohibición de fumar y en el que he visto fumar a mucha gente sin que nadie le dijera nada. La negativa de la muchacha a desprenderse del cigarrillo, motivó que el empleado llamara a un efectivo policial y éste, con escasa sutileza, la emprendiera contra la humanidad de Mariana, sin esperar, como debiera, la llegada de personal femenino para acometer la tarea. La escena continuó con la llegada de la mujer policía, empujones, golpes, gritos y la joven detenida sólo por unas horas, pero las suficientes como para que fuera obligada a desnudarse en la dependencia policial y sometida a una abusiva revisión de sus zonas íntimas.

Todo por darse un beso con su pareja (Si fuera por fumar un cigarrillo no cambiaría demasiado el exceso represivo, aunque resultaría menos poético).

Hasta acá, en la ciudad de Buenos Aires, besarse en público no es un delito como en otras partes del mundo. Como en Malasia dónde hasta turistas extranjeros han terminado presos por juntar sus labios, como en el estado de Guanajuato, en México, la ciudad de Iwoa en los Estados Unidos de Norteamérica o la Ciudad de Dubai en los Emiratos Árabes, entre otros países y ciudades en los que besarse en público está prohibido. Por esta razón, grupos feministas que reclaman por la igualdad de género organizaron, 3 días después del incidente, un Besazo multitudinario en la misma terminal, que resultó una escena mucho más humana y agradable que la violenta represión de los días previos. Resulta paradójico que teniendo el beso un reconocido efecto anti estresante, el gobierno porteño se empeñe en fabricar cubículos con mascotas y reprima a parejas que se besan en lugar de organizar maratones de besos o construir cabinas para que la gente se bese en vez de acariciar gatos.

Aunque debemos reconocer que la prohibición de besarse ha dejado, quizá, una de las escenas más emotivas de la cinematografía mundial;  aquella imborrable en que Jacques Perrín, el protagonista adulto de “Cinema Paradiso”, mira en la soledad de la sala de proyección  un breve compilado con todas las escenas de besos que el cura del pueblo mandaba sacar antes de la proyección de cada película y que su padrino proyectorista  (Philippe Noiret) guardara durante años y años para dejárselo como herencia.

Ante la posibilidad de que los besos pudieran ser prohibidos me quedo pensando en tantos personajes de la cultura argentina que los han propiciado; Roberto Galán aquel que repetía como una letanía: ¡Hay que besarse más! ¡Hay que besarse más!, la Mona Gimenez cantando su exitoso “Beso a Beso”, Oscar Alemán haciendo su  extraordinaria versión de “Bésame mucho”, y sobre todo María Elena Walsh quién escribió ese poema maravilloso que dice; Yo te sugiero que la piel es lo único inocente.

Para terminar sólo me queda mandarles un beso a todos, aunque por las dudas recíbanlo en silencio, no vaya a ser que entere la policía de la ciudad de Buenos Aires y terminemos todos en cana.

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