El cine y la televisión le han dedicado a los Buenos Vecinos algunos pasos de comedia sin demasiada relevancia, tanto las versiones cinematográficas norteamericanas llenas de gags escatológicos o la primera telenovela que realizó la Productora Ideas del Sur en 1999, con Hugo Arana y Moria Casán, no pasan de ser entretenimientos sin pretensiones. La realidad es menos entretenida, pero nos deja ejemplos para seguir o para detestar.

Los días viernes, en Catriló,  un pequeño pueblo de la Provincia de La Pampa, el doctor Luciano Magnino abre su consultorio de manera gratuita para atender a todos sus vecinos que no tienen ni obra social, ni servicio de medicina prepaga. Encontrar ejemplos de solidaridad y buena vecindad como el de este médico, no es tan común en los últimos tiempos, muchísimo menos en las grandes ciudades donde los necesitados son muchos y casi nadie tiene tiempo para darles una mano. Muchas veces no sabemos si nuestro vecino es médico, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón. No sabemos si nuestro vecino es un torturador o un genocida.

En la Comuna 11 de la Ciudad de Buenos Aires viven muchos médicos, muchos de ellos abnegados y esforzados trabajadores de la salud, pero no todos. En la calle Simbrón al 3000, en el barrio de Villa del Parque,  vive Julio Alejandro Verna, médico, capitán  retirado del ejército, quién durante la dictadura militar integró el grupo de tareas del Centro de detención clandestino que funcionaba en Campo de Mayo, conocido como:  ”El campito”. Allí durante la Dictadura iban a para las personas detenidas en los partidos de la zona Norte del Conurbano, incluidos nuestros vecinos partidos  de San Martín y 3 de Febrero. Allí desaparecieron  5000 personas. ¿Cuál fue la participación de Julio Verna en semejante exterminio? Nuestro vecino, que como todo médico hizo un Juramento Hipocrático por el que se compromete a no utilizar sus conocimientos médicos contra las leyes de la humanidad aún bajo amenazas, no sólo participaba como profesional en los grupos de tareas que salían a capturar personas por la ciudad, sino que también participaba de los “Vuelos de la Muerte”. Subía a los aviones que arrojaban seres humanos vivos al río o el mar aportando sus conocimientos de anestesista, inyectando a los detenidos para sedarlos y adormecerlos, y así, en esas condiciones, poder arrojarlos  sin problemas desde la altura.

Su hijo, Pablo, un abogado de 44 años, ya de adulto interpeló a su padre y consiguió que éste le confesara sus crímenes. Ahora junto a un grupo de hijos de genocidas intentan modificar el Sistema Penal Argentino que no les permite denunciarlos, ni declarar en su contra. Esta legislación busca preservar el núcleo familiar, pero ha quedado fuera de tiempo, está pensada para una época en que la familia era el eje de la sociedad, rol que ya no cumple y que ha sido reemplazado por las redes sociales. Esta ley debiera modificarse, no sólo en casos de Lesa Humanidad, como este, sino en general ya que por ejemplo: Un hijo que ve como su padre viola a una compañera de colegio y es el único testigo, no puede denunciarlo ni declarar en contra de su progenitor.

Julio Alejandro Verna hoy es un adulto mayor de aspecto muy saludable que como cualquier vecino de Villa del Parque toma el metrobus en la Avenida San Martín. Parece un abuelo más de los que vemos por el barrio paseando a sus nietos. Pero no es cualquier vecino: Es un hombre que ha cometido crímenes horrendos que merecen ser juzgados por una justicia imparcial. No todas las personas de apariencia gentil son buenos vecinos.

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