La usura es una actividad que acompaña a la humanidad desde el inicio de los tiempos. Miles de años antes de Cristo, el Rig-Veda, el texto más antiguo de la India ya hacía mención a esta práctica. Con el correr del tiempo, los antiguos filósofos  y las principales religiones como el Cristianismo, el Judaísmo y el Islamismo la criticaron de manera explícita. Con la llegada del sistema capitalista se terminó por normalizar lo que en algún momento fue mal visto.

El brutal aumento que han sufrido las tarifas de los servicios públicos durante los dos últimos años ha producido un estado de disconformidad y preocupación en buena parte de la sociedad argentina, generando manifestaciones y protestas en muchos pueblos del interior y sobre todo en la Ciudad de Buenos Aires y alrededores.

Entre 2015 y 2017 la electricidad aumentó un 562%, el agua un 338% y el gas 223% mientras que los salarios registrados del sector privado (los trabajadores más privilegiados) aumentaron en ese mismo período un 70 %. Los subsidios que recibían los usuarios residenciales a fines de 2015 eran de entre el 70 y el 80% del valor del fluido. Hoy, tarifazos mediante, esos subsidios han caído a un valor que ronda el 30%, es decir que a pesar de estas series de incrementos salvajes que está sufriendo la población recién estamos a mitad de camino para lograr la pretensión del gobierno de erradicar totalmente los subsidios en un par de años. La ausencia de los subsidios permitiría según las autoridades gobernantes brindar un mejor servicio y reducir el déficit fiscal del país que al comenzar su gestión era del 7% del PBI. Sin embargo, pese a haber reducido los subsidios a la mitad, hoy el déficit es del 10% del PBI y los servicios prestados no sólo no han mejorado sino que en algunos casos como el de las empresas eléctricas han empeorado ostensiblemente. Estos datos dan por tierra las argumentaciones esgrimidas para justificar el esfuerzo para algunos, el padecimiento para otros, que deben soportar todos los meses con la llegada de las boletas a sus hogares, y no hacen más que confirmar las sospechas de que la razón del bestial aumento de tarifas es en realidad beneficiar a grupos empresarios ligados al poder. El zorro nunca cuida a las gallinas. Aranguren, Caputo, Mindlin no llegaron a la función pública o sus alrededores para cuidar el bolsillo de 40 millones de ciudadanos. Están ahí para cuidar los intereses de 40 empresarios.

Ante las protestas de la población, el gobierno sacó un as de la manga, casi una broma del día de los inocentes fuera de horario y propuso una solución mágica al problema: Darle la posibilidad a los angustiados usuarios de pagar las boletas en cuotas con intereses. No extraña que un gobierno de orientación neoliberal que privilegia el mundo de las finanzas al de la producción haga una propuesta de este tipo, al fin y al cabo la inmensa mayoría de la gente vive en el universo de la cuota, debiéndole a cada santo una vela, estirando su tarjeta de crédito al rojo extremo ¡Qué les importa si ese rojo es Rojo Sangre! Antes se compraban en cuotas sólo los bienes duraderos; la casa, el auto, la heladera, pero con el correr del tiempo la sociedad de consumo ha ampliado esa posibilidad a otro tipo de bienes; calzado, ropa, comestibles. Ahora el gobierno sumo a las tarifas a esa lista enorme, no sería raro que próximamente nos den el “beneficio” de poder pagar el alquiler o el colectivo en cómodas cuotas.

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