Por Eduardo de la Serna

Hace muchos años atrás en una clase de Economía en la Universidad de Buenos Aires escuché hablar de la teoría de Malthus en referencia al economista británico Thomas Malthus, quien en 1798 expuso en su libro Ensayo sobre el principio de la población su idea acerca de que el crecimiento geométrico de la población mundial más temprano que tarde terminaría en una hambruna generalizada ya que no se llegaría a cubrir la demanda global de alimentos. Los profesores se encargaron de defenestrar su teoría argumentando que la ciencia se encargaría siempre de solucionar ese problema y la mayoría de los alumnos estuvo de acuerdo con eso. Yo no (quizá porque no confío demasiado en la inteligencia humana) la idea me pareció lógica aunque por supuesto me callé la boca. Finalmente podemos decir que sucedieron las dos cosas: los avances científicos propiciaron un fuerte aumento de la producción, pero al mismo tiempo arrasaron con miles de ecosistemas, provocando desmontes indiscriminados, desertificación, inundaciones, deshielos, envenenamiento de suelos y aguas por doquier. El ser humano se ha transformado en la especie más depredadora que haya habitado este planeta. La sensación de colapso inminente sigue tan vigente como hace 200 años, ya sea por la degradación constante que le infringimos a la naturaleza o por la creciente desigualdad con la que se distribuye la riqueza generada. De cualquier manera, posiblemente, aquellos primeros militantes del control de la natalidad se sorprenderían muchísimo si conocieran el marcado descenso de la natalidad que se viene produciendo en el mundo en las últimas décadas. En la actualidad África es el único continente que conserva una tasa de natalidad positiva por arriba de los 2,1 hijos por madre (Tasa de conservación poblacional). La República Argentina ha sufrido en la década 2014 – 2024, una abrupta baja de su tasa de natalidad, estableciéndose luego de ese período en 1,23 hijos por madre, por debajo de la tasa europea promedio. Hay que destacar que este descenso está basado en la baja en un 70% que se produjo en el nivel de fecundidad en niñas y adolescentes motivada por dos políticas estatales exitosas, la generalización de la educación sexual (ESI – 2006) y la prevención de embarazos no deseados con métodos anticonceptivos de largo alcance (Plan ENIA – 2017), políticas de salud pública que este gobierno intenta erradicar acorde con su idea de destruir el Estado y por ende el país. La salud pública no es precisamente una preocupación de esta administración. En los últimos días, el presidente Milei responsabilizó a la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo por la baja en los nacimientos, una falsedad evidente ya que la Ley IVE se aprobó hace cuatro años y este descenso en el índice de natalidad se viene produciendo desde hace décadas por una vasta lista de motivaciones de orden laboral, social, psicológico, educacional, sanitario, tecnológico y económico. Es muy probable que en las próximas décadas la población mundial revierta su tendencia ascendente y comience a bajar. Quizá el mundo nunca supere los 10.000 millones de habitantes como se suponía en el siglo pasado. Esta situación genera dos lecturas posibles; una negativa relacionada con el envejecimiento de la población, la complicación en los sistemas jubilatorios y en caso de agravarse, el riesgo de que se ponga en peligro la supervivencia de la especie, pero también, al mismo tiempo, estos datos pueden mirarse de manera positiva ya que los bienes que se produzcan en igual cantidad  (o mayor) que en la actualidad, podrán ser disfrutados por una población más pequeña. Se trata de una oportunidad de mejorar la calidad de vida de todos los habitantes del mundo: menos niños por maestra/o podrán recibir una mejor educación y los sistemas educativos podrán renovarse con mayor facilidad, una mejora en la atención sanitaria producto de una mayor disponibilidad de profesionales y servicios con respecto a los hospitales públicos y los sanatorios privados atiborrados con los que debemos convivir hoy, una mayor posibilidad de encontrar vivienda para aquellos que no tienen un techo donde vivir o un sistema judicial más ágil y eficiente sin pasillos invadidos por expedientes, juicios que duran una eternidad y cárceles atestadas de presos sin condena. Claro que esta ocasión de hacer un mundo mejor sólo podría aprovecharse si existiera una mayoritaria decisión por distribuir la riqueza generada de una manera más equitativa que la actual, de no ser así, ocurrirá lo mismo que en pandemia; cuando, durante una semana, pensamos en podríamos aprovechar la crisis para hacer un mundo más solidario y humano, y terminamos sentando las bases de este tiempo de egoísmo y violencia, en el que estamos sumergidos, en el que nacer no está de moda pero ser cruel y miserable, sí.