Entre recuerdos de Laferrere, los miedos tempranos y la literatura como modo de recomponer vínculos, Sergio Gramajo repasa su infancia, el descubrimiento de la escritura y el encuentro con el taller que transformó su manera de narrar. Una conversación sobre el barrio, la vida vivida y la poesía como gesto de conmover.

¿Cómo fue tu infancia en relación al barrio en el que naciste?

Nací en un barrio de La Matanza que se llama Gregorio de Laferrere, “lafe” para quienes nos criamos ahí. Cuando empecé a crecer sentía cierto rechazo que tenía que ver con una mirada que pretendía el éxodo. Entonces tomé distancia, me fui a Morón. Hay una revalorización de ese lugar en el que yo me crié, que viene a partir de la literatura, a partir de la escritura. “¿Cómo no valoré todo lo que había ahí?”. Por supuesto que uno ha sido feliz en esta infancia, a pesar de todo. Uno es chico y es feliz hasta que se da cuenta de que existe algo que se llama muerte, ¿no?, y yo comprendí esa idea de manera muy temprana. Siempre estuve con ese temor. Pensando en, no sé, la posibilidad de que te rajen un tiro porque alguien tiró un tiro al aire para festejar Navidad. O de que te atropelle uno que venía manejando borracho. Así que cuando encontrás algunos momentos de alegría en toda esa nebulosa, casi inevitablemente toma conciencia de esa felicidad.

«Creo que hay una manera de detener el tiempo y de modificar el pasado, y que esa forma es la escritura»
Sergio Gramajo

¿Estaba presente la literatura en esa juventud, en esa infancia, o cómo llega a vos? ¿Había biblioteca en tu casa?

No había biblioteca. Había un Martín Fierro, una Biblia y muchas historietas del tipo Patoruzú, Patoruzito…. y revistas pornográficas. Yo no veía a nadie que se sentara a leer, salvo mi abuelo, que leía mucho el diario y el Martín Fierro. Pero en una actividad de la escuela me hicieron escribir algo y a la maestra le gustó lo que yo había escrito. Yo de chico era muy sensible,¿viste?, como que estaba todo el tiempo angustiándome, llorando por cosas, pero no haciendo berrinches, sino en silencio. Y no me acuerdo cuál fue la consigna de la maestra exactamente, pero sí me acuerdo que había que hablar de la casa, de la casa de uno. No me acuerdo qué escribí, pero sí me acuerdo el final, calcado, porque eso fue lo que resaltó la maestra después. Terminaba diciendo: “pero lo más importante que hay en mi casa es una familia”. Y fue como el primer gesto de escritor, me parece a mí. Lo pienso ahora que te lo digo, porque yo no estaba convencido de que lo mejor que había en mi casa era una familia. Había un montón de cosas que a mí me molestaban, me incomodaban, me ponían mal. Íbamos a la casa de algún familiar, viste, que tenía una casa más o menos presentable, y yo decía: ¿por qué la casa de la tía con él es así de linda y la nuestra son cuatro chapas? Nos bañábamos en un cuentón hecho con el culo de un tacho. Con la distancia y con los años, uno llega a valorar, o a mí por lo menos me pasó, esos vínculos, que me parece que se recomponen de alguna manera con la literatura. Porque yo creo que hay una manera de detener el tiempo y de modificar el pasado, y que esa forma es la escritura.

¿Cómo llegaste al taller de Leo Oyola, y qué te encontraste ahí?

Yo siempre había tenido esta idea generalizada de la escritura como un acto solitario, y estaba como medio descreído en los talleres, con un absoluto y total prejuicio. A Leo lo conocí en el Congreso de la Lengua del Conurbano. Lo escuché hablar de los espacios de taller literario, y lo que dijo me sedujo. Pero en ese momento fue Osvaldo Bossi. Cuando apenas terminé Talón Rajado me puse a escribir la siguiente novela y lo llamé y me dijo que quería trabajar con él. Y me aceptó gustosamente. Me sumé a un grupo que ya venía trabajando y me encontré con 8 o 9 personas con un nivel de análisis, de escucha y de producción tremendo. Yo tenía de repente 8 o 9 genios y genias trabajando sobre mi novela. Con esa gente surgió un ciclo de lectura en vivo que es “Que vuelvan los lentos”, que se hace cuatro veces al año. Es un espacio muy positivo, espero con ansiedad el miércoles para escuchar y para compartir lo que yo tengo para leer.

Él tiene una idea, dice: “no se puede confiar en los escritores que no bailan”. ¿Cambió tu relación con el baile a partir del ciclo?

Lo que yo interpreto es que hay que desconfiar de los escritores que no han vivido. Implica patear la ruta 3, los boliches de la ruta 3, algún boliche de lafe, todo lo de este, cada boliche de acá de la zona oeste es icónico, tiene su historia, tiene su mito, entonces… A eso me parece que se refiere. Con todo esto quiero decir que soy un de madera bailando. Siempre con cierta incomodidad, ¿viste?, En el sentido de que siento que todo el mundo me mira… no es lo importante el baile, acá la literatura es lo importante, pero en el momento del baile, habiendo estado en la producción del evento, hay como una cosa del relajo ¿viste? y de festejar.

¿Cuál es la tarea del poeta hoy?

Hay artistas a los que les encanta decir que son artistas… y en ese mismo sentido se adjudican, se roban, una supuesta misión, ¿viste?, “nosotros vamos a cambiar el mundo con la poesía”. Y no sé si vamos a cambiar el mundo con la poesía. Yo lo único que puedo decir es que tengo un par de textos y que los quiero compartir. Y si hay una tarea, es conmover. Conmover y nada más. Y nada menos.