Desde el subsuelo de Buenos Aires hasta la cancha de River, Kike Ferrari escribe con presión alta. Obrero, escritor y fanático millonario. Sus textos proponen la intensidad de quien siente que cada palabra debe jugarse como una final. Habla de literatura como trinchera, del barrio como matriz narrativa y de la clase trabajadora como una voz urgente por escribir.

1.                  Muchas de tus historias respiran Buenos Aires desde el subsuelo. ¿Cómo sentís que los barrios de la ciudad moldearon tu manera de narrar?

Durante algunos años yo me sentía más ciudadano de Almagro que de la ciudad de Buenos Aires, pero claro, era muy chico y todavía no sabía que las ciudades son organismos vivos, que van cambiando, van creciendo, se van deformando. Entonces el barrio que yo conocí de pibe ya no existe más. Lo que sí existe con sus modificaciones, con sus nuevos usos, es la ciudad. Y me siento todo el tiempo parte de la ciudad con sus violencias, con sus expresiones artísticas en cada esquina, con su tono. Eso, yo creo que estoy construido sobre todo por la certeza de que en este monstruo de cuatro millones de personas yo nunca estoy perdido, estoy siempre en casa.

2.                  ¿Qué le dirías a alguien que quiere empezar a escribir, pero siente que no tiene tiempo o recursos?

Alguien que quiere empezar a escribir usualmente es un lector, y un lector sabe que el tiempo de la literatura es un tiempo robado a las obligaciones, es un tiempo robado a las presiones del medio social, es una pausa en el medio de la vorágine, y si es una pausa para leer, es más o menos la misma pausa para escribir. Si uno le puede dedicar una hora por día o tres horas por semana a leer los Hermanos Karamazov, “Crimen y Castigo”, quiere decir que le puede dedicar una hora una vez por semana a sentarse a escribir lo que tiene ganas de contar. Y si lo que no tiene son herramientas literarias, lo que creo que hay que hacer es leer mucho, y leer con mirada clínica o mecánica tratando de desarmar el artefacto para poder construir uno. Y si lo que no tiene son posibilidades materiales, me parece que es más raro, la literatura está hecha de un lápiz, un papel y lenguaje.

3.        ¿Qué lugar tiene la clase trabajadora hoy en la literatura argentina?

Somos pocos los obreros que escribimos. Tiene poco lugar porque hay pocas voces que sean las voces de la clase obrera. La clase media tiene, la pequeña burguesía tiene voz, los ricos tienen voz, el lumpen tiene voz, pero la clase trabajadora tiene menos voces en la literatura argentina actual. Yo trato de darnos un espacio por lo menos en cada texto, un momento en el que la clase trabajadora tome la palabra y hable en primera persona.

4.       “El piletero, el metrodelegado y el cadáver” es una película donde participás como protagonista y donde se cruzan tu vida, tu oficio y la ficción. ¿Qué sentís que pudiste expresar en el cine que tal vez la literatura no te permite?

El cine me parece una experiencia súper interesante y divertida. Me parece buenísimo eso de trabajar de manera más colectiva, que el laburo más solitario, más individual, que supone la escritura. Pero no encontré nada en el mundo del audiovisual que no me permita narrarlo el mundo del lenguaje.

5.       Sos fanático de River, de esos que lo viven con mucha intensidad. En tus novelas «Que de lejos parecen moscas» o «Todos nosotros» hay una tensión permanente, una especie de juego al límite. ¿Sentís que hay algo del fútbol, de esa pasión, que también se filtra en tu forma de escribir?

Yo creo que el cuadro del que uno es hincha define una posición ética ante todas las cosas. Si uno se toma el fútbol en serio, como solemos tomarnos el fútbol los hinchas argentinos, define una posición ética. Y entonces a mí me gusta la presión alta y me gusta jugar bien. Entonces me preocupa que mi literatura tenga esa atención, lo que digo presión alta, un estado permanente de compromiso con el texto y escribir de la mejor manera posible. Usar todas las herramientas técnicas al servicio de contar una historia. Después uno tiene la suerte de tener el pie de Francescoli o la pluma de Onetti, o no, pero inclusive si no la tenés hay que tratar de jugar la pelota redonda y al pie y de escribir lo mejor que se pueda.

6.       ¿Cómo imaginás el futuro de la literatura y cómo proyectás tu propia escritura en ese contexto?

Pese a los pronósticos más agoreros, yo no imagino el futuro de la literatura muy distintos que los que conocemos ahora, por lo menos el futuro inmediato, el futuro que a mí me va a tocar ver, que es los próximos 20 años, 30, si tengo muchísima suerte. Así que imagino mi propia escritura, tampoco sé cuántos años me quedan escribiendo, en el mismo sentido en nuevas búsquedas y en viejas búsquedas tratando de contar de la mejor manera posible y poniéndome desafíos para no quedarme estancado en lo que ya hice.

Por Fermin de la Serna