Entre talleres de vecinos y obras escondidas, en La Gran Paternal conocimos a Emiliano Guerresi. Desde entonces seguimos su trabajo: pinturas en pequeño formato que retratan niños, perros y objetos encontrados del conurbano. Sus imágenes condensan intimidad y sensibilidad poética.
Por Fermín de la Serna

Tus obras están atravesadas por escenas de fulbo, campos, perros y adolescencia. ¿Cuánto de tu infancia hay en esas imágenes y cuánto de invención poética?
A mí me influenciaron mucho ciertas películas que vi de chico: Crónica de un niño solo de Leonardo Favio, ¿Quién puede matar a un niño? de Narciso Ibáñez Serrador, y El señor de las moscas. Cuando las vi, me rompieron la cabeza, me dejaron pensando para bien y para mal. Siempre me interesó ese filo en el que los niños empiezan a dejar de serlo para entrar en la adolescencia. Esa edad límite, conflictiva, me marcó mucho.
En mis pinturas suelen aparecer niños solos o en pares, en escenas de introspección, donde no se sabe bien qué traman ni qué sienten. Ahí también hay algo mío: de chico me angustiaban las desigualdades y las injusticias, tenía pensamientos que me sobrepasaban para mi edad. Eso quedó en mi personalidad y aparece en mis obras.
El paisaje también tiene que ver con mis orígenes. Me crié en Sarandí y desde hace unos años vivo en Ezpeleta. Ahí todavía conviven terrenos baldíos, caballos sueltos, restos de lo campestre con lo urbano. Exagero un poco esas escenas, las mezclo con los perros que siempre me rodearon y los viajes en tren a La Plata para ver a Gimnasia, observando esos bosques frondosos al costado de las vías.
«Invito al espectador a detenerse y descubrir lo inmenso dentro de lo pequeño»
Emiliano Guerresi
Trabajás con miniaturas y formatos pequeños, pero los temas que abordás son enormes: la soledad, el paso del tiempo, la violencia, la ternura. ¿Qué te da esa escala diminuta para hablar de lo inmenso?
Lo que más me interesa es la experiencia del espectador. El formato chico obliga a acercarse, a mirar con detenimiento, casi como si se estuviera espiando la escena. Hoy, en tiempos de consumo rápido de imágenes, que alguien se detenga más de un minuto a mirar algo hecho con las manos me parece un logro.
La miniatura genera intimidad entre la obra y quien la observa. Esa intimidad es la que me permite hablar de lo grande a través de lo pequeño.

Cuando elegís trabajar con maderas, tapas o restos encontrados en la calle, ¿pensás que además de darles nueva vida estás narrando, de algún modo, una memoria social del conurbano?
No sé si lo pondría en términos sociales, pero sí tengo una fijación con los objetos. Me gusta ir a ferias del conurbano, como la de Solano, donde aparecen cosas que vienen de Capital y terminan circulando en los barrios. Cada objeto tiene un recorrido: estuvo guardado en un sótano, pasó por distintas manos, fue querido y luego descartado. Eso me interesa rescatar.
Cuando pinto sobre esos materiales me gusta que conserven su identidad: no los limpio del todo, dejo rastros de pintura, barnices, óxidos. Incluso hay gente que reconoce el material de base, que te dice “esto es pintura asfáltica”, “esto es sintético”. Esa memoria del objeto me interesa.
Participaste de La Gran Paternal, un evento que reúne artistas y vecinos. ¿Qué significa para vos ese tipo de experiencias colectivas y qué encontrás en el intercambio barrial que no aparece en el circuito más institucional del arte?
Lo primero es que se acerca gente que no suele ir a galerías o museos. Vecinos que entran casi de casualidad y de pronto están frente a una obra. Eso genera un diálogo muy rico.
En mi caso me tocó recibir a la gente en el taller donde expuse, explicarles el proceso y ver sus reacciones. Hasta armé una mesa de trabajo con lupa para que se acercaran a los detalles. Los chicos fascinados, como si fuera un laboratorio, y lo lúdico se mezclaba con lo artístico.
Además, la organización misma del evento me sorprendió: más de 40 talleres abiertos, recorridos con mapas, vecinos armando circuitos. Se va corriendo la voz y cada año crece. Me parece un ejemplo para replicar en otros barrios.
¿De qué manera tu formación y experiencias previas influyen en el método con el que encarás cada obra?
Creo que se cuela sobre todo en lo metódico. Estudié diseño gráfico y eso me dio una forma de proyectar: siempre arranco con un boceto, armo composiciones a partir de fotos propias o imágenes que necesito y ahora incluso uso inteligencia artificial para buscar perspectivas que no encuentro. Todo eso es parte de un trabajo previo, de planificación.
Después, claro, la pintura tiene su propia lógica. Te devuelve cosas, te pide cambios de color, de materia.
¿En qué proyectos estás trabajando ahora?
Actualmente estoy pasando a formatos más grandes, con maderas de 60×40. Los protagonistas siguen siendo los chicos, pero ahora aparecen en habitaciones abandonadas, refugios precarios donde la naturaleza se filtra igual. Es como si necesitaran construir sus propios espacios.
Eso me llevó a pensar en la relación entre los objetos y el habitar: qué queda en esos cuartos, qué traen ellos, cómo arman su propio mundo. Me gusta pensar esas escenas como narrativas abiertas. Y el formato grande me permite una pincelada más suelta, probar otras cosas a nivel material. Igual, no abandono lo chico: según la idea, aparece uno u otro.