Por Eduardo de la Serna

En 1983, durante el cierre de campaña de las elecciones presidenciales que representarían el regreso a la democracia de la sociedad argentina luego de 8 años de una dictadura sangrienta, el dirigente peronista Herminio Iglesias, ante una multitud congregada en la avenida 9 de julio, prendió fuego a la maqueta de un ataúd con los colores del partido Radical. Para muchos, aquel episodio conocido como “El cajón de Herminio”, fue determinante para que la ciudadanía se inclinara por votar mayoritariamente al líder Radical Raúl Alfonsín y lo llevara a la presidencia de la Nación. Ese suceso  provocador y violento pareció quedar marcado a fuego en la memoria de los votantes durante muchos años y los dirigentes políticos trataron, por un tiempo, de evitar los discursos que invitaban a la muerte de los adversarios políticos. Llegado el siglo 21, aquella imagen de la democracia como un reducto acogedor para toda la sociedad argentina empezó a resquebrajarse y si bien el “que se vayan todos” del 2001 no era precisamente amigable para con la clase política, estaba lejísimo de las constantes alusiones fúnebres que escuchamos en la política de estos tiempos. ¿Qué ocurrió en el medio para que regresen los aduladores de la muerte? Seguramente son muchos los factores, pero hay uno que surge con claridad: La llegada del Kirchnerismo al gobierno, un movimiento político que intentó dar algunas pocas batallas contra el poder económico argentino. Las suficientes para que se desatara la furia patronal, esa que a lo largo de la historia argentina ha producido  sus páginas más negras. Miles de obreros y trabajadores rurales asesinados en la Patagonia durante el gobierno de Hipólito Yrigoyen, más de 300 civiles asesinados en los bombardeos a la Plaza de Mayo en los meses previos al golpe militar contra Juan Domingo Perón o los 30.000 desaparecidos provocados por la última dictadura militar son algunos de los ejemplos de lo que representa esa furia que anida en los poderosos; responder a un desafío de cierta agresividad de una manera desmedida, con una violencia desproporcionada, inusitada, terrorífica, que no deje lugar a dudas de quien es el que manda, para que nadie pretenda discutir de igual a igual o reclamar derechos. La furia patronal siempre pretender ser ejemplificadora. Es la madre de exterminios y genocidios que ahora nos acechan.  Desde que Cristina Kirchner entró en conflicto con los sectores agrarios y el Grupo Clarín otrora amigo, se convirtió en enemigo, comenzaron a aparecer en escena veladas amenazas de muerte: Bolsas negras, guillotinas y horcas se hicieron comunes en las manifestaciones opositoras. Con la llegada del PRO al poder en 2015 se sucedieron los análisis periodísticos que hablaban de muertos políticos y los discursos de dirigentes cambiemitas arengando a sus partidarios a ponerle el “último clavo al cajón del kirchnerismo”. No funcionó. Hicieron tal desastre durante su gobierno que perdieron las elecciones y el peronismo volvió a ganar la presidencia. Ese gobierno de Alberto Fernández no cumplió con las expectativas ni las promesas: Entre los bancos y los jubilados se quedó con los banqueros, mientras los discursos y escenarios funerarios siguieron creciendo, tanto que la ex presidenta estuvo a punto de ser asesinada, tanto que Javier Milei ganó las elecciones haciendo una constante apología de la violencia y pese a eso (¿O por eso?) la mayoría de la población lo votó. A diferencia de 1983, los discursos incendiarios,  fueron vistos como algo positivo. A esta altura ya ha quedado claro que el gobierno libertario es una catástrofe que está destruyendo al país a una velocidad nunca vista. Como toda la derecha argentina en los últimos años se comprometió a ponerle el último clavo al ataúd del Kirchnerismo, pero perdió las elecciones  en la provincia de Buenos Aires contra esa fuerza política por 14 puntos. Hace 80 años que insisten en matar a un muerto saludable ¿No sería hora de aceptar que eso no va a ocurrir? Hace casi 200 años que Sarmiento escribió  “Las ideas no se matan”, pero del contradictorio prócer sanjuanino sólo parece interesarles la frase “No hay que ahorrar sangre de gauchos”. Pensar que Milei, Macri o Fernández son muertos políticos porque fracasaron en sus gobiernos no sirve. Pensar que Cristina Kirchner es una muerta política porque está cumpliendo una condena; tampoco. Estamos atados a cadáveres virtuales que no están muertos y eso nos impide pensar estrategias para enfrentar al verdadero poder que siempre anda vivito y coleando: El poder económico. El único que festeja en este clima de hambre, violencia y velorio. En la medida que sigamos pensando que los máximos responsables de la decadencia económica nacional son los dirigentes políticos y no pongamos los ojos en los que mueven los hilos desde las sombras, seguiremos buscando clavos para cerrar ataúdes que no tienen tapa.