Por Eduardo de la Serna

Un oxímoron es una figura retórica en la que se juntan dos palabras de significado opuesto, para generar uno nuevo, así se puede considerar a claroscuro o tensa calma. Son estructuras sintácticas que suelen utilizarse con sentido poético. Aunque ni la poesía, ni la inocencia parecen tener que ver con el origen de la palabra ludopatía (Ludo: Juego, Patía: Enfermedad), sino más bien oscuros intereses  que pretenden relacionar a cualquier juego con una adicción enfermiza.   Jugar no enferma, por el contrario el juego suele ser terapéutico, nos ayuda a vivir, a disfrutar, mucho más si se trata de una actividad no competitiva que sólo pretende un objetivo común, por ejemplo: Armar una torre humana en una pileta. Nadie gana ni pierde, todos nos divertimos.  Lo que puede enfermar y/o generar adicción no es jugar sino Apostar, que es la idea de manipular la realidad futura a través de un supuesto conocimiento o del puro azar. Una especulación que puede hacernos ganar dinero fácilmente, sin esfuerzo, pasar de pobres a millonarios o de millonarios a multimillonarios en un abrir y cerrar de ojos. La idea de que no es el trabajo lo que va a mejorar nuestra calidad de vida, sino el azar con su famoso golpe de suerte. La concreción de un milagro. Los que tenemos algunos años sobre el lomo sabemos que en la vida, golpes hay muchos, pero los de suerte son escasos o inexistentes. Generar esa expectativa (muchas veces enfermiza) en los seres humanos ha hecho ricos a unos cuantos pícaros y estafadores que se aprovechan de ella en detrimento de numerosos incautos y/o enfermos. La palabra correcta sería entonces “Apuestopatía”, pero claro, la palabra apuesta hasta hace algunos años no tenía buena prensa ya que las apuestas suelen ser sostén y cueva de numerosas organizaciones delictivas mientras que la palabra juego siempre estuvo bien vista, entonces de una manera engañosa, desde el poder, las hacen aparecer como sinónimos, cuando no lo son. Del mismo modo que a los Casinos se los intenta blanquear llamándolos “Casas de juego” cuando en realidad son “Casas de apuestas”. La apuesta es hermana de la especulación y la especulación es el eje de este sistema en el que cada vez estamos más hundidos. Ya no basta con las tasas de interés, la compraventa de divisas o la bolsa de comercio. En este sistema tecnofinanciero en el que nos obligan a vivir, donde ya empieza a predominar lo virtual por sobre lo real inundándonos de monedas, billeteras o funcionarios sin cuerpo, las casas de apuestas ya no necesitan camuflarse bajo ningún disfraz o eufemismo, se presentan a cara descubierta y de hecho controlan la actividad deportiva mundial desde hace varios añoLa noticia de que la Comisión Nacional de Valores(CNV), en Argentina, publicó una resolución; habilitando a los mayores de 13 años a realizar toda clase de inversiones en el mercado de capitales, con el permiso de sus padres, no hace más que demostrar la decadencia en la que nos vamos hundiendo día a día. Es un escalón más en pos de revolcarnos en el chiquero de lo utilitario que ya tiene su antecedente en  la decisión del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, cuando todavía era presidido por Horacio Rodríguez Larreta, de autorizar y estimular la enseñanza de la especulación financiera en los colegios de la Ciudad.  Todas medidas que conducen  a que ganar dinero es el único sentido que tiene la vida, escondidas detrás de la excusa del saber útil. Si fuera por la necesidad de enseñar cosas útiles se podría pensar en una innumerable cantidad de conocimientos provechosos para construir una sociedad más solidaria y humana: Primeros auxilios, lenguaje de señas, cuidado de otras personas, administración de organizaciones sociales, nociones de diversos oficios, etc. Una sociedad no se construye sólo con pragmatismo. Sin una porción importante de ética y belleza, el fracaso está asegurado ya que sólo queda el imperio del más fuerte, el auge de la crueldad. Una  sociedad que pierde su ilusión en que el trabajo puede mejorarle la vida, cae con facilidad en el pensamiento mágico y empieza a pensar en las apuestas como forma de salvación. Un número, una moneda, un gol del arquero suplente en el último minuto o elegir a un cínico pelotudo como presidente del país, pueden aparecer como soluciones caídas del cielo dignas de un envite, pero no es así. No es por ese camino. Cada vez nos enterramos más. Como le diría un relator deportivo a un boxeador arrinconado contra las cuerdas: “¡Salí de ahí, Maravilla! Salí de ahí!”. Nunca los incendios se apagan echando nafta al fuego, y este caso no será la excepción. Te apuesto lo que quieras.