“Volví al barrio para filmar Roma»

Mientras caminaba pensativo hacia la casa de Adolfo, sentía una gran inquietud por descubrir al hombre que había despertado en mí una especie de fascinación por el cine. Llegué a su portón blanco rodeado de flores y comencé inexplicablemente a sentirme dentro de su filmografía. Cuando ingresé a la sala llena de libros y discos de jazz, creí ser el joven periodista Manuel Cueto, de su hermosa película Roma, que, salvando las distancias entre España y Villa Santa Rita, ingresa a la casa de un importante intelectual y, en pocos minutos, se adentra en su infancia, sus recuerdos y su interesante vida.

LB: ¿Cómo fue tu infancia ?

AA: Yo nací en Parque Chas y viví hasta los 20 años. Mi infancia fue típica de la clase media normal, me la pasaba en la calle todo el día, muchos juegos, con muchos recuerdos de los partidos de fútbol y las travesuras con la barra de muchachos. Una linda imagen de la infancia.  Después, cuando volví al barrio para encontrar una casa donde filmar Roma, me di cuenta que estaba todo enrejado. Si movíamos la cámara un cachito, ya veías rejas. La idea de Paque Chas es que sea un barrio jardín y que todas las casas tengan parque adelante pero ya no existe.

Por suerte viví la noche de los años 60’, que era maravillosa. La calle Corrientes era otra facultad, entre libros y música, me la pasaba charlando y leyendo. Hurgaba en las librerías buscando diferentes autores, hasta que descubrí a Jack London, Conrad, Stevenson.

LB: ¿Qué recuerdos tiene de la adolescencia y cómo empezó el vínculo con el mundo del cine?

AA: Mi viejo murió cuando tenía 9 años y por eso, mientras hacía el secundario, tenía que laburar de cadete en una agencia de publicidad para mantenernos. Después, se me ocurrió estudiar letras, pero me di cuenta que no tenía sentido que me den una lista de libros cuando yo quería escribir. Así que me puse a escribir cosas que después rompí, porque no me gustaban. Una mierda.

Por suerte viví la noche de los años 60’, que era maravillosa. La calle Corrientes era otra facultad, entre libros y música, me la pasaba charlando y leyendo. Hurgaba en las librerías buscando diferentes autores, hasta que descubrí a Jack London, Conrad, Stevenson. Así conocí gente del teatro, de la publicidad y del cine, hasta que un día fui a una filmación de Dar la cara como extra y ahí empezás a ver un mundo que no sólo te atrae, sino que lo empezás a entender.

Viajé a Brasil porque no podía meterme en el sindicato de cine. Allá enganché laburo en un laboratorio de doblaje, donde me senté en una moviola por primera vez. Después de seis meses, volví para acá y un amigo me hizo entrar al sindicato como ayudante. Tenía que estar muy pendiente de los actores y de todo un poco, hasta que después de diez películas llegué como asistente de dirección. En ese momento me dieron ganas de irme a otro lado. Pensé en Estados Unidos, pero los sindicatos eran muy cerrados y España tenía un acuerdo donde te reconocían el cargo. Me fui con guita para 15 días y enganché algunas películas gracias a saber inglés. Además de los actores, me tocaba manejar a todo un equipo donde había italianos, ingleses, españoles. Así empecé en el mundo del cine.

LB: Antes de dirigir su primera película, La parte del león (1978), ¿sentía que era muy difícil llegar a concretarlo?

AA: No tenía ningún guión escrito, ni tampoco el sueño de ser director. Me interesaba como un oficio que, recién después de muchas películas, lo entendí. Para empezar te ponen a prueba, vos pedís cosas y te dicen que no se puede. Uno tenía que generar, porque si no perdías como en la guerra. En España me acostumbré a hablar a los gritos, era insoportable, pero yo necesitaba testigos en el set de lo que decía, sino nadie te daba pelota, era duro.

En el año 70’ escribí mi primer guión para venderlo pero no intentaba dirigirlo, nunca lo vendí y después lo utilicé para La discoteca del amor. Y en el 74’ estaba con mi mujer en España y me dije que nunca iba dirigir una película, porque estaba en producciones muy grandes, así que decidimos volver.

Acá seguí trabajando, hasta que en el 77’ escribí La parte del león y me empecé a mover, hasta que unos abogados leyeron el guión, se hicieron amigos míos y como costaba poca plata, en comparación a otras películas,  dijeron que sí, que dinero no iban a perder. Yo no gané un mango, sólo  me sirvió para viajar en taxi todos los días al rodaje, pero lo importante es que se filmó.

Las historias aparecen por algo que te cuentan o que escuchás, pero no sabés la fórmula, ojalá la tuviera.

LB:¿Cómo es su proceso para escribir un guión? ¿Comienza por un tema, por un personaje, por un conflicto?

AA: No hay, a veces empiezo por un personaje, un lugar, un tema. Las historias aparecen por algo que te cuentan o que escuchás, pero no sabés la fórmula, ojalá la tuviera. Siempre tardo mucho más en la estructura, es en donde dialogan los personajes, todo toma sentido. Después, para escribir un guión no tardo más de 30 días, si lo tengo claro. Lo que es importante es hacer una rescritura constante de lo que se va haciendo.

Aristarain y Luppi

LB: Su última película, Roma (2004) se introduce en la relación madre-hijo. ¿Qué despertó el interés por contar esa historia?

AA: Mi vieja fue una tipa muy excepcional, más aún de lo que muestra la película, y creo que esa fue la punta. Lo charlé esto con Mario Camus, hasta que se armó un esquema. En principio, era meterle fragmentos documentales para marcar los cambios de época, pero iba a ser un plomazo que duraba 5 horas. Después, enganché un productor y me fui a Madrid, me alquilé una habitación de un hotel y me puse a escribir, salió rápido. Yo se lo pasaba a Mario y él me pasaba lo suyo y así seguimos.

LB: ¿Fue compleja de filmar?

AA: Nunca tuve grandes quilombos, salvo en Lugares comunes. A mí me gusta filmar en orden, en Martín Hache pudimos, y en Lugares comunes teníamos la parte que se filmaba acá y la de Córdoba. La idea era ver la casa gradualmente cómo la arreglaban, pero no pudimos porque el primer día de filmación, en una escena que Luppi sale de la casa a caminar, pisa mal y se le rompe un tendón. Volvimos a Buenos Aires y el médico le dijo que podía esperar el tiempo de rodaje y yo le dije: “decidí vos, Federico. No te voy a obligar a hacer la película”, y él me dijo que la hacía.  Lo peor es que se iba a perder el otoño, allá estaban todas amarillas las hojas de los árboles, era precioso. Le pusieron una bota y lo tuve que filmar en cualquier orden, el plan se me fue a la mierda. Teníamos que ponerle adelante del pie gallinas o piedras para que no se vea la bota en toma, y además que cuando caminase, no se le notara la renguera. Te limitaba en algunas cosas, pero esa fue la situación más complicada que me pasó.

LB: ¿Qué opina sobre el auge de las series en estos últimos años? ¿Le interesa como formato para desarrollar una ficción?

AA: Yo hice en España la serie de 8 capítulos Pepe Carvalho. Me es lo mismo que escribir un guión de un largometraje, no me veo condicionado a nada. No pienso que es para televisión, filmo como tengo que filmar y punto. Creo que es la clave. En el último tiempo vi True detective y me gustó, pero la verdad, el final no me pareció nada nuevo.

LB: ¿Sigue interesado en dirigir una próxima película?

AA: Sí, claro. Pero no tengo nada pensado. Me pasó leyendo cosas que me pasan pero nada, me meto y después salgo. La última, fue una película sobre el Papa Francisco, pero estaba claro que lo importante era la guita que se juntara. Nunca funcionan las películas sobre personajes que están vivos y, además, a mí tampoco me convenció por muchos motivos. Así que me paso la vida leyendo proyectos que me proponen y después no van a ningún lado.

LB: ¿Es de ir mucho al cine?

AA: Si, voy mucho al de Devoto, es un cine maravilloso y no es de ninguna cadena. Con mi mujer vamos a las primeras funciones y vemos dos. Pero te cagan la vida cuando hay películas para pibes, es un quilombo de gente y te morfás una cola enorme.