Bastó ver unas esculturas en un balcón de Villa del Parque para tocar el timbre y que apareciera Roby. Así entramos a la historia de Roberto Bernath: una línea que une los trazos de Walt Disney dibujados sobre papel madera con los códigos QR de sus obras digitales de hoy. El retrato de una vida dedicada a la necesidad de crear.
Por Fermín de la Serna
¿Cómo es tu relación con el barrio?
Nací en Austria después de la guerra y llegué a la Argentina a los dos años. Mis tías vivían en Villa del Parque y yo las visitaba siempre. Con el tiempo, mi papá compró esta casa. Acá montamos una fábrica de tortas para abastecer a las cafeterías que teníamos en Unicenter; en este mismo lugar había tres hornos enormes donde hacíamos mil tortas por mes. Yo vivía en Belgrano y tenía mi oficina acá, pero por esas vueltas de la vida, decidí mudarme, construí mi taller arriba y así se consolidó mi vínculo con el barrio.

¿Y cuándo empieza tu inquietud artística?
Desde muy chico. De manera intuitiva, siempre tuve la necesidad de crear. En esa época, les hablo de cuando era chico, este año cumplo 80, ya estoy grande, me gustaba mucho copiar los dibujos de Walt Disney. El Pato Donald, el Ratón Mickey. Mi mamá venía del almacén con las cosas envueltas en papel madera, porque no existían las bolsas de nylon, y yo agarraba ese papel y me ponía a dibujar.
Siempre tuve la fantasía de trabajar en algo creativo. Incluso una vez fui a un lugar donde vendían enanos de jardín y me ofrecí para pintarlos. No sé exactamente de dónde salió esa vocación, pero probablemente tenga que ver con mi abuelo materno, que era director de teatro en el pueblo donde vivían en Hungría. Desde que tengo memoria siempre estuve jugando con la creatividad.
¿Cómo fue el paso hacia la escultura y el trabajo con los metales?
Tenía un tío que vendía hierros en Temperley; de chico jugaba entre los fierros y miraba cómo los cortaba con el soplete. De grande, decidí ver de qué se trataba. Compré un equipo de soldadura chico y le pedí a un chapista boliviano que me explicara el ABC del oficio a cambio de una torta. Ahí empecé a jugar con el hierro.
Un día, un amigo pintor vio mis obras y me impulsó a presentarme en un concurso del Fondo Nacional de las Artes. Yo tenía vergüenza, sentía que no tenía nada que ver con ese mundo y que iba a hacer un papelón. Él me apostó una cena a que ganaba un premio. Le di la obra, se la llevó y me olvidé. A los quince días volvió y me preguntó a dónde íbamos a comer: había ganado el segundo premio. Ese día lloré de la emoción.
¿Consideras que hay una temática dentro de tu obra que vas perfeccionando, o cada una es un universo nuevo?
Son etapas que uno va quemando y también estados de ánimo. En mi primera muestra en ATC vino a ver la exposición un crítico de arte muy conocido de esa época, que escribía para el Cronista Comercial. Miró detalladamente y me preguntó: ¿Usted tuvo alguna tragedia o drama en su vida? Le dije que no de forma directa, pero que sí había vivido situaciones. Me dijo: Piense, piense. Y ahí apareció en la conversación la historia de mis viejos como sobrevivientes de los campos de concentración. En la crítica que escribió, además de halagar mi trabajo, destacó eso.
El artista hace catarsis a través de su obra de acuerdo a ciertas circunstancias de la vida; la obra va cambiando de imagen. También tiene mucho que ver la técnica y el material. Una cosa es trabajar en madera, otra en hierro y otra en acrílico. Cada material tiene una demanda diferente y te permite expresar cosas distintas.
¿Qué encuentra en la inteligencia artificial?
Esto empezó con tres nietos grandes que tengo. El mayor tiene 28, el del medio 25 y el más chico 19. Los dos más grandes estudian y están vinculados con el tema de la inteligencia artificial. Me empezaron a mandar adaptaciones de mis obras transformadas con tecnología y a mí me empezó a llamar la atención. En ese momento, estaba con ganas de hacer una especie de año sabático, así que empecé a jugar. Les pedí que me instalaran una aplicación.
¿Cómo es el paso de sus bocetos en papel a la obra digital?
A partir de mis propios bocetos a mano alzada. En mi taller debo tener como 500 dibujos que son borradores o garabatos. Se los mostré a una galerista, le gustó y armé mi primera exhibición de este tipo.
Al principio no hacía videos, pero después empecé a darle vida. El que le da las instrucciones a la IA soy yo; jugamos mutuamente. Cuando logré dominarlo, generé obras en movimiento e incorporé códigos QR para que la gente las vea animadas. Ahora mis nietos me preguntan a mí cómo hago los videos.
¿Y de dónde surge el estímulo creativo ahora que trabaja frente a una pantalla?
¿Sabés qué me está pasando ahora con esto de la inteligencia artificial? Así como el material reciclado me inspiraba antes, ahora me inspira mucho escuchar música. Hoy, por ejemplo, descubrí en Instagram a un cantante brasileño que me pareció una cosa fantástica, muy performático: Ney Matogrosso. Apareció cantando «El manicero se va», y el tipo tiene unos movimientos muy físicos, a lo Freddie Mercury. Es una maravilla de tipo, y ver eso te inspira. Todo eso tiene que ver con esa búsqueda constante de estímulos para seguir creando.