Pablo Aparo estrenó Los Vencedores en el BAFICI, su tercer largometraje: un viaje a Malvinas que empezó buscando las huellas de la guerra y terminó encontrando una amistad. Entre el Oeste del conurbano donde creció, las islas que filmó durante meses y el cine que hoy se le vuelve cada vez más difícil de sostener, habla de lo que cambió en su mirada.
Por Fermín de la Serna
¿Qué recuerdos tenés de tu infancia en relación al barrio donde creciste?
Yo crecí en un barrio del Oeste, del partido de Morón que se llama Villa Sarmiento. Un lugar muy tranquilo y hermoso que se fue complicando por cuestiones de inseguridad a partir de mediados de los años noventa. Sin embargo, mi colegio quedaba en El Palomar y el barrio donde rancheábamos con mis amigos era Ciudad Jardín. Ese lugar era un cúmulo de contradicciones. Clase muy alta mezclada con clase trabajadora, calles circulares, mucho verde. De un lado de la vía, la Base Aérea y del otro lado el Colegio Militar. Algo que recuerdo muy puntual y que creo que quedó de alguna forma marcada en mi imaginario para lo que fue Los Vencedores, era esa interacción rara con lo militar. En una época hacíamos educación física en la pista de atletismo del Colegio Militar, y siempre veíamos pasar aviones Hércules volando por encima del edificio de la escuela. Eso sucedía mientras estudiábamos los vuelos de la muerte y las atrocidades de Campo de Mayo. Mi infancia y adolescencia estuvo bastante marcada por esa distancia entre el lugar que vivía y el lugar que habitaba. De todos modos creo que le hecho de vivir alejado de un barrio burbuja y oasis como el de Ciudad Jardín, me hizo abrir bastante la perspectiva y visitar otros mundos no tan cerrados como ese. Villa Sarmiento era clase media, popular, tranquilo, poco conocido y sin muchas intenciones de darse a conocer. Pinar de Rocha estaba a 5 cuadras de mi casa. Los borrachos a veces quedaban desmayados sobre el umbral de mi puerta. Era divertido y trágico a la vez. El Oeste de por sí tiene ese espíritu contestatario, pero egocéntrico que lo hace muy hermoso y muy particular. Ese arraigo siento que nunca va a abandonar mi cabeza ni mi cuerpo.

Este año estrenaste Los Vencedores en BAFICI, tu tercer largometraje ¿Qué sentís que cambió en tu manera de hacer cine desde aquellas primeras películas? ¿Qué cosas permanecen?
Las primeras películas que hice fueron codirecciones. Trabajar con Martín Benchimol fue de una gran formación y aprendizaje. Creo que juntos logramos encontrar un lenguaje particular, propio, no tan visitado, que de alguna forma forjó las bases para lo que continué en soledad. Prevaleció mi búsqueda de trabajar en pequeñas comunidades. Siento que son una muestra y reflejo de lo que sucede en cualquier sociedad, pero más visible, más a flor de piel. Con sus virtudes, sus grandezas, sus miserias. Y también son espacios es lo que me siento cómodo a la hora de moverme y trabajar. Lo que rescato de hacer películas al final es el conocer lugares y personas que sin esa pulsión cinematográfica no hubiera ni siquiera atinado a descubrir. Pero de esas bases rescato ciertas ideas conceptuales de lo que es la fotografía y la aproximación a las entrevistas como escenas de acción y no de mera información. Y la construcción de un relato que tiene el intento de seguir cánones clásicos aunque con rupturas y manipulaciones que coquetean con la ficción. Después hay algo del desorden que caracteriza mi aproximación a los proyectos que es más intuitivo y personal, que siento pude desarrollar más en soledad. Estoy seguro que no existiría Los Vencedores sin mis dos películas anteriores.
Que el efecto Malvinas sea contagiopara votar gobiernos que realmente entiendan lo que es mantener soberanía
Los Vencedores comienza con vos viajando a Malvinas para explorar las huellas de la guerra, pero rápidamente la película parece transformarse en otra cosa. ¿En qué momento descubriste que el verdadero centro de la película iba a estar en los habitantes de las islas y, particularmente, en tu relación con Matt?
Hice tres viajes a las islas. El primero en Enero de 2020, antes de la pandemia. Fueron solo 10 días que me sirvieron más que nada de investigación, entender la dinámica para saber cómo encarar la filmación y conocer los primeros amigos que fueron quienes me ayudaron a abrir puertas en mis viajes siguientes. Cuando volví en 2023, mi idea era quedarme un mes y con el material que hiciera, terminar la película. ¡Qué iluso! De entrada busqué no quedarme solamente con el pueblo, si no también visitar y retratar de alguna forma los asentamientos del campo. Para mí es lo más crudo de las islas y la forma en que ellos poblaron el lugar originalmente. Alargué mi estadía porque no estaba pudiendo dar con alguien que me permita ir a retratar la vida del campo o «camp» como le dicen ellos. Hasta que a dos semanas de cumplirse los dos meses y medio de viaje, Matt me respondió un email perdido diciéndome que podría ir a su casa, pero que en invierno no hay mucho para hacer y por lo tanto no hay mucho para filmar. Al conocerlo obviamente cambió mi aproximación al relato y eso se confirmó cuando regresé a Buenos Aires y nos pusimos a editar con Florencia Gómez García. No había una película, había una serie interesante de entrevistas. Pero obviamente no era lo que estaba buscando. Entonces nos enfocamos en contar cómo se fue dando la amistad que ya habíamos construido, pero dando lugar a las tensiones que aún siguen hasta hoy. Entonces fue que planee un tercer viaje, ya pensando en quedarme otros dos meses y medio. Conviví más tiempo con Matt. Fui con ideas de escenas que no había podido filmar. Y ya con una línea narrativa más pensada, busqué entre un método observacional y otro más de intervención, los momentos y secuencias que creía iban a terminar de armar el relato dramático de la película. Esa planificación fue tirada a la basura en la isla de edición y vuelta a remontar varias veces, de muchas maneras distintas hasta dar con el punto justo que creemos que finalmente logra Los Vencedores entre los histórico, lo emocional y lo humano.
Para hacer la película tuviste que entrar en un territorio donde como argentino no necesariamente eras bienvenido. ¿Cómo fue filmar ahí? ¿Cómo construiste la confianza para que esas personas terminaran hablando con vos de una manera tan íntima?
Al principio fue difícil, no solo por ser argentino, si no por ser argentino y tener una cámara. Ellos cuentan que muchos periodistas o noteros argentinos que fueron a las islas, les tomaron testimonios que después fueron tergiversados y eso llevó a que sufrieran mucho hateo en redes sociales y que se sintieran humillados. Entonces derribar esa primera barrera de desconfianza fue difícil. Con algunos fue más fácil porque estaban al frente de instituciones o de cargos políticos y tenían más cancha o más apertura para hablar de cuestiones sociales, culturales o de funcionamiento general de las islas. Aún así varios de ellos me contaron cosas íntimas que aseguraron no haberle contado a nadie antes. Quizá es porque pasó un tiempo prudente desde lo sucedido en 1982 y están pudiendo empezar a abrirse más o quizá fue simplemente porque entendieron que estaba tratando de aproximarme a sus historias y vivencias desde un lugar de escucha y empatía. Creo que esos primeros encuentros alimentaron el boca a boca y se me empezaron a abrir más puertas. También me hice amigos muy profundos y genuinos que me integraron mucho a diferentes grupos sociales. Y siento que el hecho de haber estado viviendo ahí alrededor de 6 meses en total, hizo que se entendiera la seriedad con la que me estaba tomando el trabajo. Esa seriedad se terminaba todas las noches que iba a los pubs a tratar de tomar a la par de ellos. El alcohol y el humor son también elementos fundamentales a la hora de establecer vínculos y ablandar las barreras que quizá llevamos impuestas previamente.
¿Qué te pasó personalmente después de hacer la película? ¿Qué cambió en tu propia mirada sobre Malvinas?
Lo primero fue descubrir uno de los lugares más hermosos que vi en mi vida. Las islas se nos mostraron siempre como un lugar gris, inhóspito, vacío, abandonado, gris, con unas pocas ovejas en el medio de la nada, pero esto es una de las muchas situaciones que se pueden apreciar de las islas. Cuando sale el sol, que sucede con más frecuencia de lo que imaginamos, se ven unos atardeceres exquisitos. Hay playas de arenas blancas con mar turquesa y delfines nadando a metros de la costa. Acantilados que se sumergen las profundidades de bahías amplias e históricas. Ríos de piedras que bajan desde las montañas. Y eso que sólo conocí un porcentaje muy bajo de la totalidad de las diferentes islas que completan el archipiélago.
Luego, lo que me sucedió, es que volví siempre con más preguntas que certezas. Al principio sentía que eso era un problema para el quehacer cinematográfico, pero fui abrazando la seguridad de poder decir «no se». Mi mayor cambio en la mirada fue aceptar que el asunto es mucho más complejo de lo que percibimos o aprendimos a percibir. Hay muchas aristas y muchas humanidades en juego. La película busca a través de ciertas revelaciones, poner un poco en jaque a las narrativas hegemónicas de ambos lados. Muchas cosas de las que dicen y cuentan son dolorosas, pero verdades al fin. Y otras son de una distancia muy grande de nuestras percepciones. Pero lo que sí terminé ratificando, es que para mí, la causa Malvinas no debería quedar como un slogan vacío. Lo que pasó en el mundial fue muy importante, porque logró que se echara atrás la ley de tierras. Si uno tiene un tatuaje de las islas en el hombro y vota a Milei, está siendo contradictorio con la idea de soberanía que vienen a representar las Malvinas. De lo que hoy tenemos control, es decir que no está bajo el comando de potencias hegemónicas, que son nuestros recursos naturales, recursos económicas, culturales, científicos, no se está ejerciendo el cuidado y aprovechamiento necesarios para mantenernos como país soberano. Por lo contrario, el gobierno de turno, elegido democráticamente, elige vender el país al peor postor. Ojalá entonces que el efecto Malvinas sea contagio para votar a gobiernos que realmente entiendan lo que es mantener una soberanía real.
Con el cine argentino desarmándose y el financiamiento en crisis, ¿Qué pasa con ese deseo de filmar una próxima película?
El camino que imaginé desde que empecé a filmar, fue hacer mi primera película, que por suerte le fue bien como tesis de la facultad. Con la segunda película alcancé un reconocimiento muy sorpresivo. Entonces supuse que luego de mi tercera película ya podría dedicarme de lleno al cine. Es decir, vivir de hacer películas, que siento que es lo que mejor se me da. Pero en este momento siento que estoy peor que foja cero. El deseo de seguir filmando está más fuerte que nunca. Pero las posibilidades son cada vez más acotadas. Al mismo tiempo, el país entero está destrozado y el cine, por más importante que sea para mí, no es la primera n…
¿Qué otros artistas o no artistas, musicales, del cine, de la literatura, te llenan?
En el cine me atraen mucho las formas de los cineastas nórdicos. Esa frialdad que se nota en lo formal me hipnotiza. Ulrich Seidl, Ruben Ostlund. Pero así como me interpelan, siento que les falta la sangre latina que otros cineastas de nuestros pagos le imprimen a lo que hacen. Las rupturas caóticas en las perfecciones son para mí las formas más sorprendentes y radicales del cine. Hace poco vi una gran película, una ópera prima sorprendente que siento que tiene todo lo que le pediría al cine. «La misteriosa mirada del flamenco» de Diego Céspedes es una obra maestra. Mezcla género, con cine queer, con pasajes fantásticos y costumbrismo del bueno para tratar una temática sórdida y pesada desde una mirada terrible y amorosa. Ese tipo de películas me interpelan para tratar de hacer lo que hago mejor.
Y en cuanto a la música, hace un par de años empecé a escuchar techno. Siempre me pareció, por puro prejuicio, una música de chetos drogradictos que no saben divertirse. Pero ahondé bastante en las sensaciones que genera y es algo muy tribal, profundo, pesado. La música que compuse para los vencedores se basó un poco en tratar de mezclar lo solitario y dramático de la música country, con la pesadez terrenal de esos bajos de techno que calan profundo en el cuerpo. Siento que leer a escritores como Mariana Enriquez y Luciano Lamperti, me acompañaron en la exploración de esa oscuridad que busqué reflejar en ciertos pasajes de la película.
Pero algo que no tiene que ver directamente con la artístico, pero que me está llenando de una manera sorprendente es la astrofísica. Por ahora entiendo muy poco, pero todo lo que voy conociendo me resulta apasionante. Parece tan lejano que lo hace abstracto, pero al mismo tiempo es una forma de explicar la vida desde la ciencia, abarca todo y está constantemente en desarrollo. Es fascinante para poder escapar al menos por unos instantes de la realidad pesada que estamos viviendo.