Por Eduardo de la Serna
¿Qué es lo que hace que los pueblos pierdan la paciencia con sus gobernantes? ¿Por qué un grupo de personas elegidas por una mayoría circunstancial de la población para ocupar los cargos de gobierno de un país, pasan de ser adorables o al menos, confiables, a ser odiados, repudiados, insoportables? ¿Son los hechos o las palabras los que fuerzan ese cambio drástico en una parte importante de la sociedad? Si bien sería lógico pensar que es lo hecho y no hecho por un gobierno lo que provoca la adhesión o el rechazo de la comunidad, no habría que desdeñar la fuerza de los dichos como disparadores de una disconformidad mayoritaria. La tecnología nos está llevando a un mundo donde todo hacer y decir debe ser tomado con pinzas, Todo el material audiovisual que aparece en nuestras pantallas puede ser considerado falso e incluso serlo. No tenemos ninguna defensa contra aquellos que fraguan la realidad y la manipulan a su antojo lo que produce una desconfianza constante, no sólo de cualquier discurso político social, sino también de los hechos relacionados con el mundo político social. Sólo lo que cada uno vive en carne propia parece conservar todavía algún viso de credibilidad y eso también está en riesgo de perderse ya que el dogma ultra individualista dominante en estos tiempos le adjudica la responsabilidad de los problemas sociales generales, a cada uno de los que los sufren. Así, si el 30% de la población está bajo la línea de pobreza no es responsabilidad de las políticas gubernamentales sino de cada una de las personas afectadas que no tiene la capacidad para salir de esa situación. De esta manera los gobiernos pretenden desentenderse de su obligación de gobernar al conjunto de la población. Transforman un problema de 47 millones de personas en 47 millones de problemas que por supuesto ninguna institución podría llegar a resolver y por lo tanto tiene que ser resuelto por cada una de las personas afectadas, obviamente, sí puede. La fragmentación de la sociedad, el descuartizamiento de los estados está en la génesis del ideal liberal que propugna privilegiar lo individual por sobre lo colectivo o comunitario. La destrucción del estado argentino que está efectuando el presidente Milei está de acuerdo con esa lógica esencial del liberalismo. La motosierra es el símbolo más claro del desmembramiento que se está produciendo en la Argentina. La tupacamarización que se está realizando en el país puede verse con claridad en la reforma producida en la Ley de Glaciares. Aunque parezca un delirio no estamos demasiado lejos de que una empresa termine comprando una provincia y que la Argentina termine siendo un shopping con 24 locales de exposición y venta en lugar de un país con 24 provincias. En este contexto, el discurso y el accionar político se muestran cada vez más degradados en todo el mundo, sólo basta ver el comportamiento del presidente de EEUU, quien todos los días desdice y deshace lo dicho y hecho el día anterior. El presidente argentino, su perrito faldero, no le va en zaga en la propalación de insultos, contradicciones y escándalos de corrupción. Tan es así que mucha gente parece estar perdiendo la confianza que depositó en él, o por lo menos eso es lo que indican las encuestas de los últimos meses. ¿A qué se debe esta baja en la apreciación pública? Tanto los insultos como las medidas contra los sectores más débiles de la sociedad vienen desde el inicio de la gestión. La estafa de Libra y las coimas en el ANDIS tienen más de un año y la corrupción, en ambos casos, es por cifras multimillonarias. Entonces ¿Por qué, ahora, los viajes lujosos y las propiedades de Adorni y su familia están haciendo caer la popularidad del gobierno a su punto más bajo? ¿Son los hechos o los dichos del jefe de gabinete los que están produciendo este terremoto? Recordemos lo ocurrido en el 2001, el presidente De la Rua (cuya imagen caía en picada debido, por un lado, al desastre económico de su gestión que abarcaba Corralito, desocupación y hambre, y por otro, a una serie de discursos fallidos que incluían, al endeudamiento externo, a la mujer de Tinelli y a las merluzas), una noche, ante la ola de saqueos, declaró el “Estado de sitio” en todo el país, y al instante, una vez que dijo esas tres palabras mágicas, el pueblo se volcó a la calle durante casi 20 horas y lo derrocó. El Estado de sitio no se concretó, pero su sola enunciación provocó la caída del gobierno. Fue la gota que rebalsó el vaso. Las palabras, a veces, son más potentes que los hechos. Habrá que preguntarse si la palabra “Deslomado” que nos regaló con soberbia el jefe de gabinete, no es la que está provocando este tembladeral en el gobierno en mayor medida que el paseo por Aruba, su vertiginoso ascenso inmobiliario, las licitaciones amañadas y las jubiladas generosas. La indignación popular, seguro que es atribuible a ese dicho poco feliz, pero no sé si este solo alcanza para colocarle el vocablo FIN al mismísimo Presidente. La palabra que sí puede provocar por sí sola la caída del gobierno, no es “Deslomado” sino “Chatarrín”.