Editorial de la edición de Marzo 2024 por Eduardo De la Serna.
En el año 1975, el cantante brasilero Roberto Carlos lanzó uno de los grandes éxitos de su carrera musical “Yo sólo quiero” (Un millón de amigos), canción en la que repite la famosa frase “Yo sólo quiero tener un millón de amigos y así más fuerte poder cantar”. En algún momento de su mandato, el ex presidente Alberto Fernández, empezó a recibir el mote de Roberto Carlos por su propensión a evitar conflictos y querer quedar bien con todo el mundo. Su robertocarlismo se hizo evidente cuando decidió la intervención estatal para intentar solucionar la múltiple estafa realizada por la empresa Vicentín y cuyo principal damnificado era y sigue siendo el Banco de la Nación Argentina. A los pocos días, luego de un par de tapas contrarias en los diarios y algún cacerolazo, Alberto reculó en chancletas; no fuera a ser que se pusiera en contra a la mafia agroexportadora y terminara recorriendo todos los tribunales del país como su vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner. Así como Alberto Fernández padecía del Síndrome de Roberto Carlos, su sucesor; Javier Milei, padece de una afección totalmente diferente, diametralmente opuesta. Él “Quiere tener un millón de enemigos”. Su gestión es un canto a la enemistad, al odio, a la discriminación, a la pelea permanente, al insulto a diestra y siniestra. Podríamos colegir que a diferencia de su antecesor padece del Síndrome de Carlos Roberto, a 3 meses de su gestión no le queda sector político o social con el que no se haya peleado, con una intransigencia y agresividad, nunca vista en un mandatario elegido por el voto popular. Su prepotencia y cinismo son tales que la mayoría de la población empieza a sospechar que difícilmente termine su mandato, ya que hace todo lo necesario para que ello ocurra. La extorsión y la amenaza son sus únicas herramientas de gobierno.
Si bien la incapacidad, la insensibilidad y el desequilibrio emocional del presidente para ejercer el cargo que ostenta es un problema muy grave para el país, no es el peor. Lo que resulta todavía más complicado de superar es que haya habido un 56% de los votantes que lo eligió. Milei mostró ser un violento, en discurso y acción durante toda la campaña electoral. Esta catarata de agresiones enardecidas que exhibe sin freno, día a día, son una continuación de lo que vimos todos durante 2023. No hay excusas ni disculpas, una mayoría de la sociedad votó a la violencia como principal instrumento de gestión, como eje de las relaciones sociales y políticas y eso nos coloca al borde de la disolución nacional y el baño de sangre. Mucho eligieron al personaje virulento porque pensaron erróneamente que su violencia sólo estaría dirigida hacia trotskistas, socialistas, Kirchneristas y pobres que reclaman por su condición o afean las calles. Ese “millón de enemigos” que tiene la gente de bien en la Argentina, ese al que le adjudican todos los males del mundo y al que sueñan con exterminar de cualquier manera. Conocedor del tema, Pablo Avelluto, ex Ministro de Cultura de la Nación en tiempos de Macri, dijo hace unos meses: Durante mucho tiempo probé el antiperonismo rabioso, es una droga que hay que abandonar. No se trata de exterminar a nadie. Quizá no se trate de una droga, sino de una enfermedad y lo que está sucediendo en estos días ayude a los votantes de derecha a reflexionar sobre el mal que los aqueja. No es dengue, ni covid, es el síndrome de Carlos Roberto. Necesitan tener un millón de enemigos para justificar su odio. Votaron la destrucción de los otros y eso les pareció muy bien. Ahora comienzan a sospechar que ellos también pueden estar en la lista negra y que pueden ser los otros de Milei, quien, salvo a su hermana y sus perros, está dispuesto a destruir a todos los argentinos con tal de que su teoría delirante y dañina funcione en la realidad.
Pero él es sólo una persona, así como se le concedió el poder, aunque grite y patalee, se le puede sacar. El tema principal es la sociedad enferma que estamos generando y mientras no tomemos conciencia de ello; nuestra caída al abismo está asegurada. Como decía mi abuela: El problema no es el chancho sino los que le dan de comer.
Eduardo de la Serna