Las tropas más torpes son la de los tontos que se ríen de chistes que no dan risa, que no ven lo más cómico frente a sus ojos (y ni siquiera este es el caso, porque otra cosa han logrado: que no sepamos si se ríen en serio o es que nunca se han reído, que no sepamos si saben reconocer a un genio cuando lo ven o si primero señalan y después, justamente, ven -pero yo diría que eso, como le pasó a Kafka (pero no a Brod con Kafka), a los Pistols, dicen que Van Gogh, no saber reconocer al clásico frente a tus ojos, es un mal de todas las épocas, así que dejémoslo de lado- que no sepamos, acaso, si ven, si sienten, porque no están en ninguna parte, o no parecen estarlo). 

No sabemos si ven, si quiera. Si están. Porque están donde se supone que se ve todo: el campo de batalla es la ausencia de campo de batalla; esto es: combatimos sin ver al enemigo; esto es: el enemigo está en todos lados; esto es: ni siquiera se puede hablar de un enemigo, porque nos dicen, o nos decimos entre nosotros, que ese que está ahí, pongamos, en cargos electos, no es precisamente el enemigo sino una representación del enemigo (digamos: los poderes -aunque decir “los poderes…” así como así, ¿no? sea ¿no? vago), un avatar, sencillamente, ¿no? y está claro: el enemigo (aunque decir “enemigo”…) está fragmentado, el sí mismo del enemigo, digo: no es el avatar (¡ni deja de serlo!) pero parece el avatar, como en un juego de sombras, o un entrenamiento Samurái, probablemente con o contra sombras. Leí hace poco que dijo un autor latinoamericano ya muerto hace muchos años -que no vale la pena nombrar, pero que diría todo esto mucho mejor- que el Samurái no pelea sin saber que va a morir, porque pelea con monstruos, monstruos propios, más grandes que el sí mismo; bueno: ya ni siquiera: (si es que somos, Samuráis, entonces) peleamos con sombras en un terreno a oscuras, con katanas de sombras, y túnicas de sombras, sin saber, con suficiente distracción -y estamos lo suficientemente distraídos- a dónde terminamos nosotros y empiezan nuestras herramientas, hasta dónde llega su influencia -ni que hablar de la luz, porque han caído las metáforas, o como mínimo las metáforas buenas-. Ni siquiera es que estemos a ciegas: no hay, pareciera, nada que ver, porque ahí donde ellos no tienen el conflicto de la disolución -ser ser o avatar; habitan, sin más, el avatar- nosotros, si es eso existe, todavía tratamos de aunar (es buena palabra) las partes de la cosa: que haya coherencia. Y no la hay. Así es que llegamos a donde yo quería llegar: el affaire Yasín-Sueldo, ese prodigio de la realidad política que, como farsa y pantomima, dice la verdad: la representación ahora, digámoslo así, final, o, si se quiere, ¿por qué no?, psicoanalítica: diga, diga, que algo dirá. El apellido como fragmento que viene a completarse, pongamos, como destino (Pitana será árbitro, los Doctorovich que son doctor, la mítica nadadora china Cha Phu Zhon) o como destino de un

destino: ser la mitad de una declaración política: Yasín, que en otros contextos podría haber sido, pongamos, ministro de Salud y estar acompañado de un viceministro de apellido Dolor, pareciera haber nacido y crecido solo para ser el primero al mando de Sueldo, ¿qué es más genial que eso? Dar declaraciones políticas con los apellidos de los ministros, ¡solo un genio! Y lo más probable es que ni siquiera lo hayan notado, como Samuráis que pelean con sombras a las que hieren de casualidad, que no están en ningún lado: ¿es que nosotros, que en ningún lado parecemos estar, también tenemos que esperar una casualidad? 

Ciro Trapecio