Ana Baya es directora cine. En 2019 estrenó su primera película: “Las buenas intenciones”. En 2022 ganó el premio a la mejor dirección en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata con su segundo largometraje: “La Uruguaya”, basada en la novela homónima de Pedro Mairal.
¿Qué recuerdos tenés de tu infancia en relación al barrio donde creciste?
Crecí en muchos barrios. Desde que mis viejxs se separaron -a mis ocho-, me mudé bastante. A mi viejo cada dos años no le renovaban el alquiler y mi mamá pasó de vivir en Belgrano, luego en Pacheco, a Asunción, Paraguay. Así que barrio, lo que se dice barrio, nunca tuve. Calles, miles. Mi compañero se ríe porque cuando vamos a cualquier lado (microcentro, Palermo, Colegiales, Chacarita, pasaje de La Piedad, Barrio Norte, lugares muy chetos a pesar de que mi viejo no tenía un mango) yo siempre digo, acá vivimos con mi papá dos años.

¿Cómo lograste filmar tu primera película “Las buenas intenciones” y dónde nació la idea?
La idea nació en un taller de guion que daba Pablo Solarz -hace como 15 años- durante un ejercicio de improvisación. Tres meses después de ese ejercicio tuve lista la primera (y única) versión. Ese guion lo llegó a leer mi viejo, pero se puso en movimiento luego de su muerte en 2015. Lo presentamos con mi hermana en el concurso de Ópera Prima del INCAA (Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales) y nos eligieron entre otros proyectos. Un sueño. Y un problema, porque yo no era directora. Pero ahí fuimos, fue un viaje muy sanador para mí.
«Si cierra el INCAA están en el peligro el trabajo y la identidad nacional»
Ana Baya
Estrenaste “La uruguaya”, tu segunda película, en el Festival de Mar del Plata del 2022 ¿Cuál fue el motor para llevar la novela de Pedro Mairal al cine?
El motor fue la propuesta de la Editorial Orsai en 2020 en plena pandemia, un momento muy difícil para el cine (como ahora). Hernán Casciari y Chiri Basilis me contactaron y me propusieron adaptar la novela de Pedro, ya habían juntado entre sus suscriptores seiscientos mil dólares y estaban listos para lanzarse a la aventura de escribir el guion. Era la primera vez que me pasaba (y no creo que me vuelva a pasar) que me ofrecían trabajar con un presupuesto asegurado, era la oportunidad de hacer mi segunda película y era en un contexto en el que el cine estaba parado totalmente. Todavía no entiendo cómo dudé. O sí. Dudé porque era tan bizarro lo que me estaban ofreciendo que parecía una trampa. Pero no. Fue una oportunidad y dije que sí. Fue novedoso porque hubo 1961 socixs productorxs que pusieron plata y participaron de todo el proceso, incluso votaron el casting de lxs protagonistas y estuvieron presentes de principio a fin. Fue una experiencia muy linda.
¿Qué intentás descubrir cada vez que inicias un proyecto nuevo?
Trato de demostrarme a mí misma que sirvo para esa tarea que se me encomendó. No me siento nunca a la altura de los desafíos al principio, pero enseguida entiendo que la tarea de hacer una película no es una tarea solitaria y que el privilegio de dirigir es poder elegir un equipo para subir al barco que te toca timonear. Por eso, si armo rápidamente en mi cabeza ese equipo, toda la inseguridad se me va.
El Instituto Nacional de Artes y Audiovisuales (INCAA) cerrará sus puertas por decisión del gobierno nacional ¿Que reflexión te trae esta situación del cine argentino?
Me están haciendo una entrevista porque el INCAA me dio una oportunidad. Existe una película firmada por mí (ahora dos y pronto tres) por esa puerta que me abrió el Instituto. Eso que hizo conmigo, lo hizo con un montón de gente que tuvo la oportunidad de salir a contar sus historias y emocionarnos a aquellxs que las necesitábamos.
Cuando era chica, me hubiese encantado ver una película que refleje mi realidad porque siento que me hubiera hecho sentir menos sola. Conocí muchxs espectadorxs que me agradecieron Las Buenas Intenciones porque se vieron representadxs en algunas o varias cuestiones y, en realidad, deberían agradecerle al INCAA la oportunidad de que haya una película para cada espectador y no una sola que intente agradar a todxs. La identidad de nuestro país se cuenta también a través de nuestras películas y hoy ESO está en peligro. Está en peligro esa película que no se hizo y que puede salvar tu vida, tu salud mental, tu fuente de trabajo o tu memoria.
Están en juego tantas más cosas que el simple deseo individual de salir a filmar… Se encuentra amenazada una rueda muy virtuosa de trabajo: desde directorxs y productorxs, hasta carpinterxs que realizan decorados, encargadxs de catering que nos alimentan en cada día de rodaje, cabezas de equipo que tienen a su vez más gente a su cargo, asistentes de todo tipo que laburan de sol a sol, lxs cuidadorxs que cuidan de nuestrxs hijxs cuando salimos a filmar, lxs que administran, cuidan y rinden el presupuesto, lxs que alquilan vestuario, utilería, cámaras, luces, camiones, motorhomes, casas o estudios, lxs que laburan buscando locaciones, lxs actores y actrices, lxs coach de actuación, lxs músicxs que componen, lxs editorxs que hacen magia, lxs distribuidorxs que le ponen el pecho a la situación dificilísima de vender una película pero que muchísimas veces lo logran internacionalmente, lxs cines, lxs vendedores de pochoclos, lxs que sanan pariendo una pieza artística y lxs que apostaron por ellxs dándole trabajo a todxs lxs anteriores poniendo en riesgo a veces más capital propio en pos de un sueño colectivo.
Mi única reflexión es que con el INCAA están en peligro el trabajo y la identidad nacional, el talento que no descubriremos de otro modo en los miles de estudiantes que se están formando y que ya no podrán representarnos en los festivales más importantes del mundo, festivales que esperan siempre de la novedad argentina. Esa oportunidad que hasta hace poco daba, de manera perfectible pero sin pausa, el INCAA está empezando a desaparecer como -sí, estoy criada en los noventa con películas de Hollywood- Marty McFly en la foto de Volver al Futuro. Ojalá podamos revertirlo.