A fines del mes de marzo, por razones profesionales, tuve la oportunidad de viajar a Europa. No fue la primera vez, he tenido la suerte de hacerlo en varias ocasiones. Como soy un persistente caminador, he transitado por infinidad de calles de las ciudades que he visitado. Eso me ha permitido observar durante años, la miseria que esconde ese “primer mundo”, incluso en las urbes más atildadas y pintorescas. Pero esta vez, la cantidad de personas en situación de calle y/o mendicidad superó con creces lo observado en visitas anteriores. Una muestra clara de la crisis que atraviesa el sistema capitalista mundial, que en su versión tecnocrática financiera está haciendo agua por todos lados.

Recorriendo las calles de Sitges, una pequeña ciudad balnearia de la costa Catalana, me topé con un enorme cartel del banco BBVA que decía: “No se trata de competir con otros Bancos, se trata de competir con todo lo que hay”. Me quedé parado frente al afiche durante varios minutos, leyendo y releyendo la frase, pensando que yo debía estar confundido, que semejante barbaridad no podía expresarse públicamente, que a lo sumo podría quedar reservada a la intimidad de una reunión de directorio. ¿Qué tiene esta gente (el poder económico) en la cabeza? ¿A qué mundo de mierda nos quieren llevar? Me pregunté, espantado, ante la vidriera. Era una clara declaración de guerra a toda aquella persona que quisiera oponerse a sus intereses. La guerra no deja de ser otra cosa que una competencia llevada a su más alto grado de violencia. Una violencia que empieza a olfatearse en todo el mundo y nos lleva a presagiar un futuro oscuro. La impunidad con que se lanzan los discursos más crueles, suelen ser el precedente de atrocidades concretas. La naturalización de esos discursos por parte de la sociedad constituye la columna vertebral que sostiene a la destrucción por venir.

A comienzos de abril, Donald Trump ha lanzado su guerra de aranceles al mundo, un intento desesperado por torcer la decadencia evidente del imperio americano. Es difícil que tenga éxito, pero la maniobra, que promete una recesión mundial, puede ser la antesala de un escenario dantesco, así como la crisis económica de los años 30, derivó en la Segunda Guerra Mundial que dejó más de 50 millones de muertos. El negocio de las armas y la muerte fue  fundamental para apuntalar el resurgimiento de los Estados Unidos después de la crisis económico financiera. Una Europa aterrada ante la evidencia de que los norteamericanos le han soltado la mano, apuesta al armamentismo como única salida posible. Alemania, en especial,  ha incrementado de manera extraordinaria su presupuesto bélico repitiendo el escenario de 90 años atrás. Y para colmo, como si fuera poco el conflicto entre Ucrania y Rusia, el viejo continente tiene a pocos kilómetros de sus costas el polvorín de Medio Oriente, con un gobierno israelí al que nadie le pone freno en su intención de apoderarse de Gaza a través de un genocidio aberrante. Pensar que Argentina deberá afrontar semejante panorama internacional, bajo la presidencia de Javier Milei, un personaje incapaz, obtuso y dañino como pocos, al que le gusta pasearse por el mundo como el perrito faldero de Trump, me hace correr un escalofrío por todo el cuerpo. Sitges es un pueblo muy bonito aún en el fin del invierno, recorrer sus callecitas, su puesta de sol entre las olas, me fue haciendo olvidar el enojo y la desazón  que me había producido la proclama del Banco. Borges dice en su cuento El Fin, ese en que imagina la muerte de Martín Fierro, que hay un momento de la tarde en que la llanura parece que está por decir algo, pero nunca lo dice. Sin embargo, el mar es un horizonte distinto y en ese atardecer yo tuve una respuesta: Me encontré con los Castellers de Sitges y los del pueblo vecino, casi un centenar de personas en total, pertenecientes a dos comunidades distintas, unidas para construir torres humanas. Un racimo de cabezas, torsos, piernas y brazos, aferrados los unos con los otros en pos de un objetivo: Llegar a lo más alto. Una actividad que se realiza en base a la solidaridad y el compañerismo. Un juego que requiere exigencia y compromiso con los otros. Y lo más bello de todo es que se trata de una tarea inútil en términos económicos y productivos. Se hace para el deleite de quienes la practican y la observan. La vida no se trata de comprar y vender, mucho menos de someter a los otros. No es tan difícil disfrutarla y ayudar a que otras personas la disfruten. No todo está perdido. Todavía tenemos alguna esperanza. Sólo hace falta que las torres humanas tomen coraje y se echen a andar.