No sólo la honra se puede tirar a los perros, la memoria también. A veces, como sucede hoy en Argentina, ambas aptitudes son arrojadas simultáneamente al barro para ser devoradas por las bestias. Si bien este proceso nacional se enmarca en un mundo en decadencia, debemos hablar de lo que nos toca. No se trata de un Alzheimer colectivo ni de ninguna de las otras enfermedades que afectan a los individuos en su posibilidad de retener datos, sino de un fenómeno social que adormece y alela masivamente. Una nube densa de olvido que todo lo envuelve y nos lleva hoy a tratar a los delincuentes como héroes, permitir el maltrato y la humillación de los más débiles, solazarnos en la crueldad como niños con juguete nuevo. Porque una cosa es perder la memoria y otra muy distinta es lanzarla conscientemente para que sea despedazada y destruida por las fieras. Parece que ya no sabemos distinguir entre lo que está bien y lo que está mal, o lo que es peor: Nos da lo mismo. Es imposible separar este momento histórico de un padecimiento que parece irremediable y avanza sobre la humanidad a paso redoblado: El exceso tecnológico. Una dolencia que amenaza con llevarnos a la deshumanización a la brevedad. Gracias a ella, hoy no podemos distinguir la verdad de la mentira, el mundo real del mundo virtual. Desde las redes sociales y los medios de comunicación nos bombardean con imágenes inciertas, todo lo que nos proponen puede ser falso y creíble al mismo tiempo, provocando la demolición de nuestro mundo racional. Ya no se trata de intentar entender, de analizar los datos que percibimos a través de los medios, sino de creer. En este mundo artificial que nos están creando ¿Para qué las grandes mayorías necesitaríamos el conocimiento? Sólo bastaría con la fe. A fines de los 70, en plena dictadura, Litto Nebbia cantaba “Sólo se trata de vivir, esa es la historia”. Ahora, sólo se trata de creer y a la historia la quieren borrar de un plumazo. Estamos volviendo a la Edad Media, un futuro que llegó hace 1000 años. La única diferencia es que ahora Dios no está en los cielos sino en la bolsa de valores. Así podemos creer o no, que Macri o Cristina son chorros, que Milei tiene 4 perros, que en el Garraham son todos ñoquis, que las vacunas no sirven para nada, que la tierra es plana. En este reino de incertidumbre que se nos propone, en esta nueva etapa del capitalismo, todo es posible y nada es verdadero. Han encontrado la manera para que nos sometamos nosotros mismos. Todos los días le damos de comer al monstruo tecnológico que se va a comer a nuestros hijos. La memoria constituye el eje central de nuestra existencia como seres humanos., La muerte, en definitiva, no es otra cosa que olvidarlo todo. Y esto es así, tanto en lo personal como en lo colectivo. De la pérdida de la memoria colectiva puede resultar, el fin de una etnia, una nación, una especie. Por esa razón necesitan destruir todos los espacios de Memoria del país: La secretaría de Derechos humanos, El centro cultural Haroldo Conti, el Museo de la Memoria de la ESMA, Por eso cierran los institutos dedicados a los próceres que hicieron nuestra historia e intentan acabar con la producción cultural argentina. Por eso quieren transformar al canal infantil Paka Paka en un reducto de la propaganda yanqui. Por eso cada tanto, como en un descuido, llaman Falklands a las Islas Malvinas. Para dejar un país roto, endeudado, desmembrado, sin identidad, a merced  de los popes internacionales de las finanzas y las fuerzas armadas norteamericanas. Tus propias pantallas, día a día, te van robando un pedacito de memoria. Es un trabajo lento, pero constante, su memoria crece cada jornada mientras la tuya va languideciendo a cuentagotas. Cada día que pasa los seres humanos somos un poquito más idiotas y dependientes de las memorias de las máquinas. Nuestros cerebros van perdiendo capacidades irreversiblemente. Ya no es necesario razonar, sólo creer. Entonces, no es extraño que gane las elecciones un desequilibrado mesiánico como Javier Milei, mintiendo, insultando y amenazando a diestra y siniestra, sin que a nadie se le mueva un pelo. Entonces, no es extraño que la gente olvide el daño profundo que le han hecho a nuestro país, personajes siniestros como Federico Sturzenegger, Toto Caputo o Patricia Bullrich, sistemáticos generadores de hambre, deuda  y violencia en los últimos 50 años de nuestra historia, ni que los poderosos que están detrás de ellos pertenecen a una elite que siempre ha desdeñado la identidad  argentina y a la que sólo le interesa enriquecerse. Más temprano que tarde esto va a explotar, pero si antes no somos capaces de recuperar nuestra memoria, esa que hoy están despedazando las fieras, lo que venga después de la explosión puede ser aún mucho peor. 

Por Eduardo de la Serna