Pedro Speroni es director de cine. Dirigió su primer largometraje “Rancho” en 2021 que luego se estrenó en el BAFICI. Su segundo largometraje “Los Bilbao”, tuvo su estreno mundial en el festival Visions du Réel. Ahora está desarrollando un nuevo documental que trata sobre un grupo de mujeres privadas de su libertad en una cárcel de máxima seguridad en Argentina.
Por Fermín de la Serna
¿Qué recuerdos tenés de tu infancia en relación al barrio donde creciste?
Los recuerdos de mi infancia y del barrio donde crecí, creo que tienen que ver con estar en la calle. Mi infancia fue siempre en la calle, me quería escapar de mi casa, no quería estar ahí. Desde chico me escapaba, me buscaban y yo aparecía más tarde y me retaban muchísimo.

¿Cómo lograste filmar tu primera película “Rancho” y como nació la idea?
La idea nace de mi primer cortometraje, “Peregrinación” sobre las mujeres de los presos. Y ahí llegué medio de casualidad, porque fui al barrio de Devoto para alquilar unos equipos de filmación y me encontré con una fila de 300 mujeres afuera de la cárcel y me llamó mucho la atención. Sobre todo me conmovió mucho porque era una mañana de mucho frío, con sus bebés a cuestas, sus hijos en los brazos. Y bueno, así empecé a ir todos los días a la cárcel de devoto, sin entender bien por qué. Al principio las chicas no me daban bola, después terminamos pegando la mejor de las ondas. Como en Devoto no pude entrar a la cárcel, sino que el proyecto era sobre la vida de ellas afuera, me mandé a una cárcel en Dolores porque conocía a un juez y a partir de ahí empecé a ir todos los días. Conviví dos años en un pabellón de máxima seguridad con los presos y ahí es donde surge mi primera película “Rancho”. La humanidad que fui descubriendo me atrapó.
«Me conecto mucho emocionalmente con las personas que estuvieron presas.»
Pedro Speroni
Estrenaste “Los Bilbao”, tu segunda película, que tiene una clara conexión con la primera ¿La pensaste como una saga documental?
En su momento no la pensé como una saga, fue algo intuitivo. Había generado una muy buena relación con Iván Bilbao, el protagonista de “Rancho”, quien quedó en libertad y lo fui a visitar a su casa, me mandé solo a Chascomús, toqué el timbre, apareció un flaco, me dijo ¿quién sos? le dije Pedro, ¿qué Pedro? de la película, ¿qué película? O sea, no le había dicho nada, ¿está Iván? Me dice que Iván estaba de gira hace tres días. Bueno, volví al mes y ahí sí estaba Iván, me recibió, se acordaba de mí perfectamente, me había cuidado mucho en el pabellón y cuando me metí me dio un abrazo de muchísima confianza, me invitó a su casa, fuimos a bailar esa noche con unos amigos y me quedé a dormir. Dormimos en la misma cama, él estaba tomando vino y yo mirando el techo. Y bueno, ahí empecé a conocerlo a él, a su familia y también la película se fue dando a partir de ese vínculo de amistad. Jamás lo pensé como una saga, intuía que podía ser una especie de segunda parte, más allá de que son películas independientes.

Estás filmando ahora en una cárcel de mujeres tu próximo proyecto ¿Por qué esa obsesión con las prisiones y qué encontraste de novedoso en este nuevo documental?
Ahora sí estoy más consciente de que los proyectos son similares y esta película es el fin de la trilogía, donde quiero darle voz a las mujeres en este universo de la cárcel. Es la historia de una chica que estuvo presa, se llama Talía y es sobre sus últimos días en prisión y su vida afuera. Me obsesiona descubrir la humanidad de estas personas, y la confianza que me dan, que me conmueve muchísimo. También tengo una historia familiar cercana al universo de las cárceles en mi infancia, entonces desde ese lugar me conecto mucho emocionalmente con las personas que estuvieron presas.
Y en este documental lo que encuentro novedoso es un universo femenino mucho más consciente y sensible, creo yo, de lo que significa haber estado presa. El paso del tiempo y la hermandad.
Los procesos creativos son largos y complejos ¿Que te impulsa a contar historias?
Lo que me impulsa es conectar con mi propia historia y de alguna manera sanar mis heridas. Creo que eso es lo que más me conmueve. Después lo que va apareciendo a medida que ya están listas las películas que hice. Lo que descubro en ese hacer me conmueve mucho.
El vínculo que voy generando con las personas de estos documentales es muy maravilloso. Por ejemplo, en “Rancho”, tuve la posibilidad de que la película estuviera en el MALBA seis meses y encima al protagonista, que había estado preso durante 24 años, lo liberaron justo para el estreno. Fuimos todos los domingos a verla durante los seis meses y esas cosas realmente te impulsan a contar estas historias y a querer contar esos vínculos.