Esteban es Licenciado en Arte dramático en la Universidad Nacional del Arte (UNA). Su carrera en el mundo audiovisual se inicia en el 2012 con “La consagración de la nada” dirigida por Mariana Grasso. Ha participado en diversos cortos, series y largometrajes hasta llegar a intepretar el personaje de Adolfo Strauch en la galardonada película “La Sociedad de la nieve” dirigido por J.A. Bayona.

¿Cómo es tu relación con el barrio en el que naciste? ¿Qué recuerdos tenés de esa infancia?

Nací en Lanús, pero me crié y viví en Banfield hasta los 24 años. Recuerdo esos años con mucho amor: jugar en la vereda, andar en bicicleta, ir de un lado a otro con amigos, hacer guerras de bombuchas en verano con los vecinos y esperar en la estación de tren con mi abuela a que llegaran mis primos. De adolescente, las salidas nocturnas por Lomas y Temperley regresar a casa a la madrugada y desayunar con mi papá que recién se levantaba. Ya en los 2000, recuerdo que la situación estaba más peligrosa y había una mayor sensación de inseguridad. Hoy día sigo yendo para allá bastante seguido porque voy a visitar a mi mamá y el resto de mi familia, y es algo que disfruto mucho. De hecho, no me cambié el domicilio porque me gusta volver a mi escuela primaria para votar.

«Fue un rodaje extremo; el director Bayona tenía una frase anotada en una pizzara: Apocalypse Snow»

¿Cómo fue tu experiencia durante el rodaje de «La sociedad de la nieve»? ¿Qué desafíos físicos y emocionales enfrentaste al recrear una situación tan extrema?

Fue una experiencia extraordinaria que superó todas mis expectativas. La mayoría éramos actores de teatro independiente y, de repente, nos encontramos rodando una película hollywoodense. El proyecto fue muy ambicioso y demandante. Tuvimos que estar al 100% todo el tiempo, enfrentando muchos desafíos: estar lejos de casa durante un largo periodo, convivir con muchas personas, seguir una dieta rigurosa, soportar el frío y la complejidad de las escenas, que requerían evocar experiencias que solo aquellos que vivieron la tragedia podrían entender. Hicimos una reconstrucción colectiva de los hechos, como si fuera una gran constelación. Aprendí a convivir con otros, a cuidar mi energía y a protegerme a mí mismo y a quienes estaban cerca. Fue un rodaje extremo; el director, Bayona, tenía una frase anotada en una pizarra: «Apocalypse Snow».

¿Cómo lidiaste emocionalmente con esa sensación de vacío después de un rodaje tan intenso?

Todos los finales de procesos generan una sensación de vacío. Terminar algo implica un duelo, y en este caso, esa sensación fue abrumadora por el tiempo, la energía y el trabajo invertido. Pasé seis meses conviviendo con 300 personas, de las cuales me volví prácticamente hermano de 30. Al regresar a casa, enfrenté la soledad. La película requería que estuviéramos en constante conexión con el dolor, la angustia y el deseo de volver, pero también había espacio para la alegría y las risas que aliviaban la intensidad del material con el que trabajábamos. Para sobrellevar esa sensación, nos reuníamos una o dos veces por semana para jugar al fútbol o simplemente charlar. Solo nosotros podíamos entender lo que habíamos vivido. Con el tiempo, quedaron algunas secuelas físicas, como una obsesión con la alimentación, me quedó el hábito de pesarme varias veces al día. Por suerte, con la llegada de la primavera y el calor, todo comenzó a normalizarse considerando que habíamos vivido casi cuatro inviernos seguidos.

¿Cuáles son los principales temas que te preocupan del panorama político y social?

Bueno, es un momento muy difícil, veo una gran incertidumbre y mucha desesperanza alrededor. Muchos amigos que migran, otros que no llegan a fin de mes, se hace difícil proyectar.

Me preocupa principalmente como caló el discurso individualista del “sálvese quien pueda”. Veo un desinterés y un desprecio muy grande por lo propio, por lo popular. La industria nacional, la educación pública, el cine, la cultura. Todo lo que nos agrega valor y nos trae felicidad. Tengo la sensación que todo lo que nos humaniza y sensibiliza se percibe como una amenaza. Creo que también empezamos a ver todo las consecuencias negativas de internet, las redes sociales, el mundo paralelo. Nos vamos alejando de los otros, cada uno con su algoritmo, con su verdad. Nos perdemos la posibilidad de expandirnos en el encuentro con un otro, con aquel que es diferente. Veo mucha ansiedad, ira, y también mucha necesidad del contacto. Seguramente esto de la vuelta pronto. Hay que seguir resistiendo, propiciando los encuentros, las redes vinculares, cuidando los afectos.

¿Qué artistas te potencian la creatividad hoy en día?

Uf, muchos. De todas las disciplinas. Pero sobre todo intento estar al tanto de los creadores argentinos contemporáneos, saber que es lo se está gestando aquí y ahora. Últimamente leí a Selva Almada, Leila Guerriero, Mariana Enriquez, Romina Paula, entre otras. En teatro voy a ver todo lo que hace Guillermo Cacace, Ciro Zorzoli, Mariano Pensotti. Y directores de cine locales me gustan mucho Paula Hernandez, Damian Szifrón, Adrian Caetano, Ana Katz, entre otros tantísimos.

También me la paso escuchando música, de los de siempre, Divididos, Charly, Los redondos, Cerati, y más de ahora, El mató, Rocco Posca, Nafta, etc.