Por Eduardo De la Serna
En los primeros años de la década pasada, el actor colombiano Andrés Parra ganó fama internacional con su interpretación del narcotraficante Pablo Escobar, en la telenovela EL PATRÓN DEL MAL y esa famosa frase inmortalizada en remeras, afiches, memes y carteles de todo tipo: Yo le mato a usted, el papá, la mamá, los tíos, a su esposa María, el niño Santiago, a la niña Pilar, hasta a su abuelita. Y si su abuelita está muerta, yo se la desentierro y se la vuelvo a matar. La serie se emitió en Colombia en 2012 con gran repercusión y llegó a Argentina, al año siguiente. La palabra patrón, de origen latino, está vinculada a la palabra padre, si bien tiene un costado religioso en su acepción, se la vincula preferentemente al poder económico, es sinónima de amo, señor, jefe, empresario, dueño, mandamás. Sus antónimos entonces, esclavo, siervo, sirviente, obrero, empleado. Como se puede apreciar los significados de las palabras patrón/a tienen bastante amplitud; no es lo mismo ser empresario o jefe que amo, señor o mandamás términos que invitan a pensar en épocas feudales, en la opresión y explotación de los otros. Estas últimas opciones siempre han estado subyacentes en las clases pudientes de nuestro país, quienes cada tanto entran en erupción y producen un desmadre de violencia a gran escala, cuando sienten que su poder o sus ganancias son discutidos por el resto de la sociedad que intenta o logra mermarlos. Se produce entonces un proceso que podríamos denominar “la furia patronal” que se traduce en un accionar violento, fuera de escala, absolutamente desmedido y sanguinario, con la pretensión aleccionadora de hacer “tronar el escarmiento” sobre aquellos que los ponen en discusión o que no pertenezcan a su clase. Así se pueden citar en la historia argentina diversos hitos sangrientos de magnitud: La semana trágica de Buenos Aires, que dejó más de 700 muertos en diciembre de 1919, los sucesos represivos de los trabajadores en huelga en la provincia de Santa Cruz que dejaron 1.500 muertos en febrero de 1922, el bombardeo a la Plaza de Mayo en junio de 1955 que dejó un tendal de 309 civiles muertos identificados y varios más sin identificar o los 30.000 desaparecidos, con torturas, asesinatos, robo de niños y bienes incluidos, que produjo la dictadura militar de 1976. Para tener una idea de la magnitud de estas cifras, sólo basta recordar que la guerra de Malvinas contra el Imperio Británico de Margaret Thatcher dejó una secuela de 649 muertos argentinos. Por supuesto, los que se manchan las manos con sangre son otros, los patrones observan la masacre desde bambalinas. La victoria de Javier Milei en las elecciones del año pasado, les ha dado aire nuevamente, ahora pueden hacer ostentación de su riqueza sin problemas, su superioridad está glorificada, nadie va a intentar cobrarles algún impuesto o gravamen, atrás quedó la posibilidad de ser considerados evasores delincuentes, ahora son héroes nacionales reconocidos. Andan con el pecho inflado y la lengua desbocada por las calles y las redes ¿Serán los prolegómenos de una nueva masacre? ¿Será que todavía la violencia de arriba genera la violencia de abajo? Ha sido un año de agresiones constantes desde el poder hacia pobres, viejos, mujeres, disidentes, enfermos y trabajadores de numerosas áreas, pero en noviembre ese discurso violento, ya no fue sólo de los funcionarios sino que fue apropiado por los sectores acaudalados y trasladado a las calles y la vida cotidiana. “¡Yo soy rico y ustedes son unos negros de mierda! ¡Váyanse de mi barrio! ” les gritó un hombre desencajado a un grupo de personas que portaban banderas palestinas en un bar de Palermo, y cuando apareció la policía para intentar calmarlo, insistió furioso “Tengo toda la razón del mundo. ¡Yo soy rico y la gente rica no va presa!”. Con pocas horas de diferencia, en la ciudad de Pinamar, una mujer que jugaba al golf con su pareja, le partió un palo de golf en la cabeza a una mujer mayor de 60 años, que estaba sentada con una amiga a un costado de la cancha, fuera del área de juego “Esto no es Ostende ¡Vayan al conurbano a tomar mate, negras ratas! ¡Pagamos 50.000 dólares por estar acá!” le gritó mientras la golpeaba. Estos dos casos, quizá serían anecdóticos, sino fuera por el clima violento que propaga constantemente el gobierno y buena parte de sus seguidores. No son casualidad, son parte de ese sentimiento de superioridad que anida en una porción importante de las clases acomodadas argentinas, quienes han encontrado un clima propicio para sacarlo a la luz sin eufemismos, en medio de la brutal pérdida de riqueza y derechos que están sufriendo los sectores menos pudientes de la sociedad. Desgraciadamente, hay muchos que creen ser gente de bien, pero no son otra cosa que patrones del mal.