Una historia poco visible en el barrio.

En el corazón del barrio de Villa Devoto, detrás de altos muros grises en Bermúdez al 2600, se levanta la única cárcel federal aún activa dentro de la Ciudad de Buenos Aires. Pero pocos vecinos conocen que, entre 1974 y 1983, ese penal fue epicentro de una experiencia única de resistencia femenina en plena dictadura.

La cárcel de Devoto alojó a cientos de mujeres detenidas. Muchas de ellas pasaron por centros clandestinos, fueron torturadas, y luego trasladadas a esta institución que el régimen mostraba como modelo. 

Según el estudio presentado por las investigadoras Berta Horen y Mónica Rivarola, la población de mujeres encarceladas era diversa: había adolescentes de 13 años y mujeres mayores de 80, con distintos niveles de militancia política o incluso sin participación previa en organizaciones. La cárcel estaba organizada por plantas: la planta 6, donde eran alojadas al llegar, y la planta 5, con celdas de castigo y celdas comunes. La planta baja quedaba reservada para aquellas consideradas “no peligrosas”, según criterios del Servicio Penitenciario Federal y las Fuerzas Armadas.

El número de detenidas fue significativo. En la planta 5, cada uno de sus cuatro pisos podía albergar a 92 mujeres, totalizando 460 por planta. La planta 6, en cambio, contaba con 8 pabellones por piso, con entre 25 y 30 internas por pabellón.

El régimen de encierro incluía mecanismos de control estrictos. Las detenidas eran vigiladas de forma constante, se les imponía una rutina rígida y se les restringía el acceso a actividades laborales o intelectuales, especialmente después del golpe del ’76. Sin embargo, dentro de estas limitaciones, se desarrollaron formas de organización entre las internas para preservar su integridad y generar redes de apoyo mutuo.

Una parte central de la resistencia fue la autogestión del tiempo: organizaban clases entre ellas, debatían sobre la coyuntura política con la poca información disponible, realizaban trabajos artesanales y mantenían rutinas de cuidado corporal. Actividades como la costura, la lectura, la gimnasia, e incluso el armado de juegos o el embellecimiento personal, adquirieron sentido político como forma de preservar la subjetividad frente al aislamiento.

También existían mecanismos de sanción. El castigo se aplicaba ante cualquier indicio de organización o resistencia. Las visitas eran suspendidas, se enviaba a las internas a los calabozos conocidos como “los chanchos”, y se reforzaban los controles en pabellones. A pesar de esto, la solidaridad dentro del grupo permitió mantener muchas de estas prácticas en funcionamiento.

En paralelo a la represión, las detenidas lograron sostener vínculos afectivos y una vida grupal cohesionada. El libro “Nosotras, presas políticas” escrito por más de 100 ex detenidas, documenta múltiples aspectos de esta experiencia, incluyendo estrategias cotidianas para enfrentar el encierro.

La cárcel de Devoto aún funciona como unidad penal federal. En el barrio, sin embargo, son pocos los espacios donde se reconoce este pasado. No hay placas conmemorativas visibles en su fachada ni iniciativas sistemáticas de memoria local. Las investigadoras señalan la importancia de abordar esta historia desde una perspectiva barrial, especialmente porque muchas de estas mujeres eran vecinas, madres y trabajadoras antes de ser encarceladas.