Escritor, periodista y docente, Walter Lezcano es una de esas voces que atraviesan géneros y formatos sin perder autenticidad. Desde hace años, construye una obra extensa y variada que va desde la poesía hasta la crónica musical. Esta entrevista tuvo lugar en una librería cooperativa del Abasto tras la publicación de La lucha armada (Santos Locos), un libro que reúne cuatro de sus poemarios. Aunque fue realizada a fines de 2021, muchas de sus respuestas resuenan hoy con una lucidez que no caduca.
—Vos naciste en Corrientes y viniste a Buenos Aires de chico, ¿es así, no?
—Mi vieja me sacó de Goya, Corrientes, cuando tenía un año y unos meses. Nos fuimos a la casa de una tía en el Oeste. Hasta que tuve once años paramos un tiempo largo en zona Sur: Rafael Calzada, San Francisco Solano. Estuvimos dando vueltas por muchos barrios, cambiando de escuelas, con muchos grupos de gente. Para mí, en general, la relación con los barrios fue de exploración, porque siempre eran nuevos. Eso te produce dos cosas: por un lado, la facilidad para generar cercanía, tratar de insertarte. Y por otro lado, que no te dan ningún temor las despedidas. Te adaptás rápidamente a los grupos nuevos, y eso no sé si es bueno o malo.
—¿Esa circunstancia te generó una sensación de desapego?
—Es cierto lo que decís con eso del desapego, pero no lo vivo así. Puedo generar cercanías muy intensas. Después uno se muda, desaparece de ese círculo y sigue adelante. No sé si es tanto desapego: uno entiende la fragilidad de la vida. El barrio siempre me pareció un lugar natural para desarrollarme, para crear vínculos, para descubrir cosas no tan esquematizadas como sí hay en Capital Federal.
—¿Cómo es eso?
—Hay una sensibilidad que no se encuentra en los barrios de Capital, o si se encuentra, es en lugares con ritos de pasaje: Mataderos, La Boca, Pompeya. Para mí el barrio fue siempre el lugar de la honestidad, de la dignidad. Buscar lo esencial por fuera de la neurosis citadina. La ciudad tiene estructuras protocolares, burocráticas. Hablo de las relaciones humanas. Ahora vivo en Monserrat, casi Constitución. Me encanta estar en un lugar cosmopolita, hay de todas las clases sociales, mucha juventud. Estoy cerca de Sociales y de la UADE. Para mí, el barrio es eso. La idea de barrio siempre me pareció sanadora: una búsqueda de autenticidad más allá de la separación de clases sociales. El barrio como zona utópica donde se busca lo que nos une.
—¿Cuándo empezaste tu acercamiento con los libros?
—Hubo curiosidad, pero también fue una forma de salvación. Por esas mudanzas, caímos con mi vieja en lugares no tan copados, a veces con padrastros que no hacían honor a ese nombre. Como no tenía un espacio físico propio, armé uno mental, y la lectura vino a ocupar ese lugar. Leía historietas, lo que hubiera. Somos de una generación sin bibliotecas, pero circulaban libros, de forma rara. Cuando viví en Solano empecé con narrativa y poesía más sistemáticamente.
—¿Qué leías?
—Lo que muchos: Benedetti, Jorge Asís, Neruda, Pizarnik, Alfonsina Storni. Después vino el rock: Bukowski, Henry Miller, los beat. Y después, la poesía argentina y la narrativa contemporánea. Leer fue encontrar un lugar: no tengo una pieza ni la heladera llena, pero tengo un libro que envuelve mi geografía.
—¿Qué estás escribiendo por estos días?
—Estoy con un libro que, en principio, es una especie de biografía de Rosario Bléfari. Quiero que escape a lo tradicional, que tenga algo mutante. También estoy terminando dos libros de poesía: La conquista del desierto y Patear el suicidio hacia adelante. Y una última corrección de un ensayo sobre Bolaño y la literatura argentina que se llama Los puentes salvajes. Después tengo otras carpetas con textos más abiertos, proyectos que van avanzando según el humor del día.
—Sos un escritor que escribe mucho, ¿cómo manejás eso?
—Tengo la suerte de ser docente y periodista. Esas zonas se vinculan con la escritura. Trato de que haya un flujo entre esos mundos. Algo que me llama la atención puede ir a una nota, o a un texto. Si me deja algo, lo llevo al aula —doy clases en secundaria—. Últimamente estuve escribiendo ensayos sobre música y eso también me disparó poemas, escenas para novelas. A veces un texto deviene otro. Esa conexión me interesa: ver todas las posibilidades que puede abrir una mirada.