Nicolás Artusi es periodista y escritor. Es conductor de radio y televisión, y sommelier de café. Acaba de publicar su primera novela: Busco Similar.
¿Cómo es tu relación con el barrio en el que naciste?
Yo soy nacido y criado en Villa Urquiza. Toda mi familia vivió en el barrio, de hecho mi vieja, mi hermana, mis primos siguen viviendo ahí. Por lo menos en Villa Urquiza había una noción de lo barrial muy fuerte. Entre los que nacimos ahí estaba el apodo cariñoso de “Villurca”, que daba un sentido de pertenencia. Era una señal de identificación, ¿viste?, “Villurca…”. Porque aparte también era una especie de toma de posición frente a los chetos de Belgrano. Ahora no, ahora Villa Urquiza está muy transformado, pero hace treinta o cuarenta años era un barrio muy, muy, muy de clase media, de casas bajas con jardín o con fondo, y no sé por qué voluntad medio territorial de mis padres siempre fui a las cercanías, al colegio del barrio, iba a la iglesia del barrio, a la secundaria del barrio. Tal vez por esa excesiva filiación con el barrio fue que cuando a los veintidós años me emancipé, rajé. Me fui para Barrio Norte sobre la avenida Santa Fé, mano derecha.

¿Tu primer impulso siempre fue ser periodista?
Sí. Me gustaba mucho escribir, pero siempre en registro periodístico. Cuando yo tenía catorce, quince años, llevaba un diario personal pero con formato de diario. O sea: contaba mi vida pero con título, bajada, volanta, copete, foto, epígrafe, recuadros, y diseño gráfico de diarios. En séptimo grado hice una suerte de revista juvenil que era una copia nunca confesada del suplemento Sí de Clarín (donde después fui editor), y la revista 13/20, que era una revista para jóvenes que salía en esa época, que se llamaba La Marcha. Eran ocho páginas que yo escribía a máquina. Fotocopiaba y repartía ejemplares. Y me acuerdo que en un momento tuve un avance tecnológico muy grande porque primero mi vieja me regaló una plantilla de letras en imprenta, caladas. Después tuve un avance tecnológico mayor cuando me regalaron una imprentilla, que eran como una especie de tipografías de goma que se montaban sobre un riel, entonces vos armabas los títulos, les pasabas tinta y la imprimías. Y en el año 91, cuando compramos nuestra primera impresora, bueno… ahí ya me sentí que era dueño de un emporio editorial.
¿Cómo eran las redacciones de los noventa?
Yo terminé el colegio a los 17 y a los 18 empecé a estudiar periodismo. Ese año ya entré a una redacción. Ahora se cumplen treinta años de eso, fue en el 94. En un diario que se llamaba Cuarto Poder. Era una época híbrida, porque todavía muchas personas escribían en máquinas de escribir, había pocas computadoras. Al año siguiente ya entré en Clarín. Esa redacción era otro mundo. Primero: había una única máquina conectada a internet (y por esos designios misteriosos que tiene el cerebro humano me acuerdo la contraseña). Pero había un montón de oficios que ya desaparecieron, por ejemplo la sección tipeo. La sección tipeo era una larga cuadra de mesas con teclados con mujeres que estaban capitaneadas por un capataz de guardapolvo azul. Claro: todas las colaboraciones, las cartas de lectores, las notas de los periodistas llegaban en papel al diario, y alguien las tenía que pasar a máquina. Entonces alguien escribía una nota, yo mismo eventualmente, y después se la tenía que entregar a alguien en mano. Y esa persona iba a la sección tipeo, se la daba al capataz, el capataz se la asignaba a una tipeadora y la tipeadora la pasaba a máquina para que pudiera entrar en el sistema del diario. Pero lo más fabuloso de todo era el sistema de armado. Los armadores, que eran todos tipos que estaban con guardapolvo azul, eran los que montaban la página sobre una plancha, cutter en mano. Porque lo que tipeaban las tipeadoras salía como en un papel satinado que se pegaba sobre una plancha. Todo era artesanal. Venía un tipo con una trincheta y cortaba, de ahí viene la idea de la pirámide invertida. Todo eso desapareció. Pero es muy lindo recordarlo. Es la última época en la que yo he visto tomar whisky en las redacciones. Después fue reemplazado por el café, y ahora por el agua baja en sodio.
En 2023 publicaste tu primera novela después de trabajar 30 años como periodista, pero ¿creés que todo este tiempo estuviste haciendo ficción a través de tu oficio?
Sí. Porque no creo tener una ligazón tan sobreactuada con la verdad, ¿no?, como la que se supone que tenemos que tener los periodistas. En muchas notas, también porque yo escribía en una sección que tenía mucho que ver con eso, con lo literario, recreé escenas, inventé situaciones, no con el objetivo de torcer la realidad o engañar a los lectores, sino porque los espacios en los que yo escribía admitían eso. El libro empieza con una frase de Simenon que a mí me parece genial, ¿no?, “todo es verdad, pero nada es exacto”. Esta semana leí el libro de Herzog sobre el soldado japonés que queda treinta años en la selva porque no sabe que terminó la guerra, y el libro empieza también con una declaración parecida que dice “muchos hechos son verídicos y muchos no lo son”.
Tu novela cuenta la historia de un joven que se inserta en el circuito gay de los 90 y que va conociendo una serie de personajes a medida que descubre también la ciudad. Más allá de la anécdota, ¿de qué creés que habla la novela? ¿Cuál es el tema que la atraviesa?
Yo creo que el tema más importante que toca es la identidad. Ya desde el título, Busco Similar. Porque todo el tiempo busqué esa duplicidad, porque el tema de la identidad por un lado uno lo podría interpretar como la identidad sexual, como sinónimo de la orientación sexual. O también lo podría interpretar como la identidad en una definición más estricta. El personaje que se crea uno para que los demás nos identifiquen. El título también tiene esa búsqueda de un doble juego, porque por un lado “busco similar” era la fórmula retórica con la que terminaban muchos avisos de contactos personales, ¿no?, donde uno enumeraba sus características y terminaba diciendo “busco similar”, para dar a entender que no se buscaba un contraste, o un oponente, o alguien del género opuesto sino alguien de propio, pero también la idea del busco similar alude a la duplicidad, ¿no?, y a la de buscar a alguien parecido a uno o alguien a quien parecerse.
Un hallazgo del texto son justamente esos inserts en los que vos vas presentando distintos personajes con los fragmentos que terminan con la frase “busco similar”.
Creo que eso también es una herencia del texto periodístico. No lo quería separar en capítulos tradicionales. Quería que fuera una lectura muy fragmentada, y por otro lado quería confundir los géneros. Por momentos parece que fuera claramente una novela, un texto ensayístico, por momentos transita el tono del chisme, sobre todo cuando alude a famosos, o al texto periodístico de revistas. También hay mucho de crónica de costumbres, o de aguafuertes urbanas, qué sé yo. A mí siempre me gustó eso. Primero para no aburrirme, pero como un truco también para mantener atento al lector, que nunca pueda estar relajado.
¿Qué valor le das a lo nuevo?
Mucho. Estoy bastante mandatado por la novedad. Hablando de eso, yo no quería que el libro fuera melancólico. No quería que tuviera nostalgia, ni una cosa tanguera de lamento por la ciudad que ya no existe, por el mundo que perdimos. Hoy es mejor. Estoy convencido de eso. Convencidísimo. Bueno… justo hoy… no sé. Pero… vos me entendés. Estoy hablando de un hoy amplio, que no refiere a los últimos dos meses. Pero también de esto vamos a salir. Como tenía grabado el gran pensador contemporáneo en su anillo: todo pasa.