Desde lugares de encuentro mejor diseñados hasta espacios verdes y azules, son muchas las cosas que pueden mejorar nuestro bienestar psíquico.

El alemán Georg Simmel es considerado el fundador de la sociología urbana. Hijo de un empresario chocolatero de Potsdam, creció en Berlín en la segunda mitad del siglo XIX y con el correr de las décadas se convirtió en uno de los conferencistas más respetados del continente. En 1903 publicó Las grandes ciudades y la vida del espíritu, donde analizó el impacto de las metrópolis en nuestra psiquis.

“La base psicológica del tipo metropolitano de individualidad consiste en la intensificación de la estimulación nerviosa que resulta del cambio rápido e ininterrumpido de los estímulos externos e internos”, dice Simmel. En otras palabras, una de las características de la gran ciudad es que nos bombardea con estímulos constantemente.

Hace tiempo que la ciencia viene estudiando de qué manera mejorar la calidad de vida de los citadinos.

Noventa años después del famoso ensayo de Simmel, dos profesores norteamericanos llamados Edward Wilson y Stephen Kellert​ publicaron The Biophilia Hypothesis, una obra clave sobre la relación entre arquitectura y biología. Allí afirmaron que tenemos una afinidad innata hacia la naturaleza y que los ejemplos de búsqueda activa del verde pueden trazarse hasta la China medieval o el antiguo Egipto.

Como si fuera algo obvio o intuitivo, ya desde antes los gobiernos locales se habían convencido de que la creación de parques y reservas eran esenciales para fomentar el bienestar físico y mental de la población. Una y otra vez las personas validaron esta hipótesis llenando cada plaza, yendo en masa a pasear a la vera del río o recorriendo enormes distancias para estar rodeados de paisajes naturales.

Otras medidas que las metrópolis pueden adoptar para combatir la depresión y la soledad es reforzar su infraestructura social, la cual no se agota en las plazas sino que también incluyen bibliotecas, paseos comerciales, centros deportivos o cafeterías. Es decir, cualquier tipo de espacio que aliente la conversación y los encuentros casuales.

“Este tipo de encuentros nos invitan a cuidarnos los unos a los otros y a entender nuestras diferencias”, dice el artista británico Andy Field, que estudió este tipo de interacciones. “No son profundas ni intensas. Simplemente nos conectan con el mundo”. 

Por último, una buena red de transporte público y entornos accesibles para personas con discapacidad también generan respuestas positivas y mayores niveles de felicidad entre los adultos mayores. Ciudades para la gente, qué más.

La Buenos Aires de Jorge Macri no cuadra, a priori, en la descripción de ciudad progresista enemistada con un gobierno de derecha, en parte por la alianza tácita entre el oficialismo local y los legisladores de La Libertad Avanza, y en parte porque difícilmente haya componentes de vanguardia e igualdad en un gobierno que integra al “Día del Niño por Nacer” en sus discursos y pide terminar con la fiesta de dormir en los cajeros.

Pero la capital argentina fue el piso de votos nacional del partido de Milei. No debería pasar mucho tiempo antes de que su aire cosmopolita y tolerante contraste con el tinte ultraconservador de la administración federal. Y es probable que muchos temas de los que hablamos en esta columna terminen por desbordar la inacción de los dirigentes.