Mauro Pujia es diseñador de iluminación. Esta tarea, a veces olvidada a la hora de destacar personalidades de la industria cultural, se está convirtiendo en un rol fundamental para todos los espectáculos musicales.

Por Fermín de la Serna

¿Cómo es tu relación con el barrio en el que naciste?

Los primeros cuatro años de mi vida transcurrieron en Caballito, en plena Capital Federal. Sin embargo, si tuviera que hablar de mi «barrio de origen», me referiría a Florida, el lugar al que nos mudamos cuando nació mi hermana, a mis cuatro años. Mi barrio es una parte fundamental de quién soy, sobre todo porque no solo lo compartí con mi familia, sino también con amigos, algunos de los cuales conozco desde la infancia y otros que se fueron sumando con los años. En los 2000 (me siento mayor al decirlo), era una época en la que todavía jugábamos a la pelota en la calle, andábamos en bicicleta, comprábamos petardos y nos entreteníamos con bombitas de agua. Mi casa estaba en una cortada, y gran parte de esas aventuras sucedían ahí. La calle era un escenario más disponible, y nosotros lo ocupábamos, desde la cortada hasta los lugares más alejados, como un mapa que se iba ampliando conforme crecíamos y nos atrevíamos a ir más lejos. Cuando terminé el secundario, comencé a viajar, lo que me llevó a vivir en varias ciudades alrededor del mundo. Aun así, Florida sigue siendo uno de mis lugares favoritos, y cada vez que voy a la casa de mis padres, trato de hacerlo caminando para volver a recorrer las calles de mi infancia.

¿Cómo te iniciaste en el mundo del diseño de iluminación? ¿Qué te atrajo hacia esta profesión?

Siempre me han intrigado las reflexiones sobre los orígenes y los contextos, porque solemos pensar en ellos como momentos puntuales, cuando en realidad, al intentar sintetizar las decisiones que tomamos en la vida, nos damos cuenta de que no parten de un único lugar. En mi caso, provengo de una familia dedicada al arte y al espectáculo, lo que me brindó un vínculo muy directo con ese mundo. Mi padre es iluminador de espectáculos, actualmente enfocado en la docencia universitaria, y mi madre fue bailarina durante muchos años, hasta que se dedicó a la enseñanza de yoga cuando nací. Mi abuelo fue un escultor destacado en la escena argentina, y mi abuela, ceramista. Desde pequeño, me incentivaron a tomar clases de música. Recuerdo que, para mi décimo cumpleaños, me regalaron una guitarra hecha por un luthier del barrio. También tomé clases de piano y dibujo. Más allá de lo académico, crecí acompañando a mi padre en sus espectáculos y pasando tardes en los talleres de mis abuelos. Asistí a innumerables teatros, festivales y conciertos desde bebé. En casa, teníamos dos videocaseteras VHS, y cada vez que íbamos al videoclub, yo convencía a mi papá de cometer el pequeño «delito» de grabar las películas en un VHS virgen. Así, fuimos creando una biblioteca de películas, muchas de las cuales veía varias veces en una misma tarde.

Gran parte de mi formación proviene de esas experiencias de la infancia. Si tuviera que trazar un origen en mi adolescencia, siempre me gusta recordar cuando, a los 15 años, mi amigo Tomás Levy y yo organizamos un festival de música llamado Bonzo, en honor a nuestro ídolo de entonces: el baterista de Led Zeppelin. Le dimos formato de concurso, nos pusimos como jurado e incluimos el voto del público. Hicimos cuatro ediciones mientras cursábamos el secundario. Al mismo tiempo, trabajaba en producción y daba mis primeros pasos en la industria. Poco después de terminar el secundario, tuve una epifanía: me di cuenta de que lo que más me atraía de producir festivales era la posibilidad de tomar decisiones artísticas, desde la elección de las bandas hasta la creación del flyer con una artista plástica del colegio. Fue entonces cuando decidí volcarme al diseño de iluminación, quizás porque sentía la necesidad de recuperar lo artístico que la producción no me estaba ofreciendo. La iluminación, en ese momento, era lo que tenía más a mano, en parte por herencia familiar, pero también porque internamente sabía que era una llave para participar en un proceso creativo, artístico y de diseño, que sigue siendo el motor de mi búsqueda más integral.

El arte en vivo es un cóctel de adrenalina, sorpresa y pasión. Un caos organizado.

Mauro Pujia

¿Cuál fue el primer proyecto significativo en el que trabajaste y qué aprendiste?

Me remontaría a mis años como estudiante. Tuve la fortuna de estudiar un año en Milán, en la Academia del Teatro alla Scala. El programa incluía pasantías al finalizar los cursos, y decidí realizar la mitad en el teatro y la otra mitad en Londres, con Paule Constable, una destacada diseñadora de iluminación y persona increíble. Paule me invitó a participar como su *shadower*, una práctica muy común allá que, como su nombre indica, te permite ser «la sombra» de alguien durante un tiempo. Colaboramos en tres producciones durante un mes: dos en Londres y una en Glyndebourne. Uno de mis recuerdos más valiosos con Paule fue durante uno de los descansos entre ensayos y programación. Aprovechábamos esos momentos para charlar, y yo solía hacerle preguntas, algunas sobre la producción en curso y otras más generales. En una ocasión, estábamos en el National Theatre preparando una obra titulada *The Suicide*, que abordaba el tema del suicidio desde un tono de humor inglés muy particular. Le pregunté a Paule si creía que era posible generar una emoción en la audiencia a través de la luz. Ella respondió que la iluminación es solo un elemento más dentro de una composición integral, que, en conjunto con el resto de las áreas del arte dramático, contribuye a provocar emociones en el público. Esa experiencia con Paule fue reveladora, y su respuesta me ayudó a entender que mi búsqueda tenía que ver con la necesidad de contar historias a través del diseño, sin importar tanto el medio.

¿Cómo colaboras con otros miembros del equipo (como directores, músicos, escenógrafos) para desarrollar un concepto?

Creo que no hay una única forma de colaborar. Lo fascinante del arte en vivo es su carácter informal, no en el sentido político, sino en la manera de abordarlo. En todas las artes, hay algo de esa posibilidad infinita, esa sensación de estar haciendo algo por primera vez, sin importar cuánta experiencia tengas. Esa sensación, llevada al trabajo colectivo y a las colaboraciones con otros artistas y diseñadores, siempre me ha apasionado. Constantemente estamos inventando nuevos lenguajes, formas y técnicas para expresar y acercarnos a las ideas que tenemos en la mente y el corazón. Claro, existen técnicas concretas, herramientas y lenguajes comunes propios de cada disciplina, que permiten tejer acuerdos y llegar a un resultado compartido. Pero lo maravilloso del arte en vivo es que, hasta el momento del estreno, no puedes comprender del todo la forma final de la obra que estás creando con ese grupo de personas. Es un cóctel de adrenalina, sorpresa y pasión, todo a la vez, un caos organizado que resulta muy atractivo.

¿Cuál ha sido el proyecto más desafiante y por qué?

No podría elegir solo uno. A lo largo de estos diez años, he participado en numerosos proyectos en diversas partes del mundo, desempeñando distintos roles, siempre relacionados con el diseño. He sido planimetrista, productor, operador en vivo, programador de consolas de iluminación, dibujante de escenografía para cine en Los Ángeles y hasta he diseñado espectáculos en Beirut.

En los últimos cinco años, me he enfocado en el diseño a través del dibujo, la planimetría y los renders, lo que en arquitectura se denomina «área proyectual». Después de mucho trabajo, tanto profesional como interno, siento que estoy cerca de lo que siempre quise hacer, y ese camino ha sido un desafío constante. Entre los proyectos más recientes con YOK Studios, junto a mi socio Félix Sainz, destaco dos shows 360 que hicimos en menos de un año: uno con Usted Señalemelo en el Luna Park y otro, hace apenas un mes, con Catriel y Paco Moroso en el Movistar Arena. Ambos equipos fueron increíbles, y aprendí muchísimo. Me llena de alegría mencionar a algunos de mis colegas: Ardi, Chris, Félix, Sergi, Ferran, Fran, Buji, Renzo, Lucas, Clari, Leo, Pablo, Águila, Gonza, Rafa, Tomi, y la lista sigue. Estos proyectos fueron desafiantes tanto por su complejidad técnica y artística como por la posibilidad de hacer lo que más nos apasiona: la puesta en escena, que abarca el diseño general de los elementos de un espectáculo, desde la iluminación hasta la escenografía y los efectos especiales. Otro gran show fue el de WOS en Racing a principios de este año, donde no solo realizamos la puesta en escena, sino que también, junto a Rafa Nir y Tomas Curland, llevamos a cabo la dirección integral del espectáculo.

¿Qué es YOK Studios?

Al igual que cuando me preguntan sobre mis inicios, es difícil sintetizarlo en pocas palabras. Si tuviera que comenzar, diría que YOK Studios es un estudio de diseño, y me gusta describirlo de forma simple porque es la verdad. Lo que nos llevó a Félix y a mí a formalizar nuestro trabajo en un espacio común fue la pasión que sentimos cada vez que diseñamos, sin importar la procedencia, la escala o el tiempo que demande. Tanto mi recorrido individual como el que hemos construido en este año y medio en YOK se proyectan en una  continua e infinita búsqueda de generar lenguaje a través del diseño y el arte, intentando siempre y cada vez más trascender mi disciplina originaria, que es la iluminación.