Por Eduardo De la Serna
La historia de la esclavitud atraviesa buena parte de la historia de la humanidad. Ha dividido y divide sin medias tintas el mundo de los débiles del de los fuertes. En la antigüedad, estuvo normalmente ligada a las guerras, a vencedores esclavistas y vencidos esclavizados. Las personas sometidas perdían el control de sus propias vidas. Se transformaban en mercancías, en objetos que se compraban en el mercado, en cosas merecedoras de todas las aberraciones posibles, incluso la muerte porque sí. Esta institución perversa creada por los seres humanos ha ido perdiendo fuerza en los últimos siglos pero no ha desaparecido en su totalidad, ha ido mutando en sus formas, enmascarándose, y aún pervive. La trata de personas es un delito común en todo el mundo, afectando fundamentalmente a mujeres y niños para su explotación sexual. La larva de la esclavitud anida, sobre todo, en muchas de las mentes relacionadas con el poder económico y político. La idea de disponer de trabajadores gratuitos o por un salario miserable sigue tentando a numerosos personajes influyentes. En estas tierras, cuando todavía no existíamos como nación independiente, la Asamblea de 1813 proclamó la libertad de vientres, liberando a partir de entonces a todos los hijos e hijas de mujeres esclavizadas, pero no fue ese un tránsito sencillo hacia la libertad. Recién en 1853, con la aprobación de la Constitución Nacional, en su artículo 15, se abolió definitivamente la esclavitud en el país. Pese a esta prohibición, la historia del trabajo en nuestras tierras ha tenido y tiene numerosas zonas oscuras, instancias de explotación cercanas a la esclavitud abolida; desde los obreros de la empresa inglesa La Forestal en el Chaco a principios del siglo XX, a los talleres de costura clandestinos de la empresaria Juliana Awada a comienzos del siglo XXI en la ciudad de Buenos Aires, pasando por la infinidad de trabajos rurales a destajo que se siguen realizando en la actualidad como se realizaban hace 100 años. El pensamiento político de derecha, adorador del liberalismo económico, nos invita a pensar la vida como un lapso de tiempo para hacer negocios en el que lo único que importa es ganar dinero sin detenerse en ningún criterio social o ético. La explotación de seres humanos es una herramienta más para lograr ese fin. Esa obsesión por el dinero, llevó a fines de 2021 al entonces Jefe de Gobierno porteño Horacio Rodríguez Larreta a proponer “La educación del futuro” a través de la cual se introdujo a los alumnos en las delicias del mundo financiero y se los obligó a trabajar como becarios 120 horas al año, gratis, para grandes empresas multinacionales, desconociendo todos los convenios laborales existentes que contemplan esa situación con un salario mínimo adecuado. La educación del futuro resultó ser la educación para un mundo de explotados y timberos. Enseñarles el amor por la guita ha resultado de gran utilidad para los adolescentes y jóvenes a la hora de tirarse de cabeza al mundo de las apuestas on line. Claro que para los ultraliberales que ahora gobiernan, lo de Horacio es una tibieza y van por más. A fines de diciembre, el vocero presidencial, Manuel Adorni dijo, sin que se le cayera la cara de vergüenza (algo propio de los sinvergüenzas) que la existencia de un salario mínimo es un error porque si hubiera personas dispuestas a trabajar por menos de ese salario, los empresarios no podrían contratarla. Casi un elogio a la esclavitud. La situación de miseria es tal que no es necesario ponerle grilletes en los tobillos o una pistola en la cabeza a una persona para que trabaje gratis, basta con ponerle un pedazo de pan duro sobre la mesa. Hablamos de un salario mínimo impuesto por el gobierno contra la voluntad de las organizaciones sindicales. Hablamos de un salario de 279.718 pesos que no alcanza para vivir y que no solo es la base de todos los convenios laborales sino también el que reciben muchos trabajadores rurales todos los meses. Hablamos de un gobierno cruel, impiadoso y violento. Hablamos del sálvese quien pueda y de los peces grandes que se comen a los chicos. Hablamos de que la esclavitud está a la vuelta de la esquina.