La degradación de la CONABIP por decreto asfixia a cientos de bibliotecas populares en todo el país. Espacios vitales para el acceso al conocimiento hoy luchan por sobrevivir.
En un rincón del Boletín Oficial, el decreto 345/25 marcó un viraje silencioso pero profundo: la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares fue despojada de su autonomía. Como un sutil pero firme torniquete, esa decisión comienza a asfixiar el pulso cotidiano de cientos de bibliotecas populares que, lejos del centro y el ruido, dan batalla a la exclusión con libros, talleres y meriendas.
“La biblioteca es muchas veces el único refugio cultural en barrios donde no llega otra cosa”, dice Mara Martínez, desde la Biblioteca Popular Campo Verde, en los cerros de Jujuy. Allí, entre estantes y dibujos infantiles, se sostienen espacios de contención, de lectura, de alimentación. “Sabemos que sin el comedor no hay nada: ni escuela, ni juego, ni futuro”, agrega. En este presente de recortes y abandono, ese gesto se vuelve heroico.
Diana Sales, desde la Biblioteca Edgar Morisoli en La Pampa, retrata otro paisaje: talleres para infancias, ajedrez, literatura pampeana, vínculos con las escuelas. “Cada pueblo tiene su biblioteca. Son nudos de memoria, de imaginación, de comunidad”, dice con un dejo de urgencia. Porque la urgencia está. Porque muchas veces esas actividades se sostienen sin fondos, con mujeres jubiladas que, sin cobrar un peso, dan clases, ordenan libros, lavan tazas.
Y aunque invisibles, esas tareas configuran una red viva. Una constelación que articula educación, arte y derechos. Como recuerda Martínez, “no tenemos salario. Lo que nos une es el deseo de sostener un espacio común, digno y abierto”. En Jujuy, más de 30 mujeres tejen ese entramado en silencio: en la cocina, en el patio, entre libros usados y donaciones.
Pero esa llama corre peligro. Si se corta el hilo de la CONABIP que es mucho más que un subsidio: es formación, libros, ferias, dignidad, se apagan también esos espacios que hoy representan la única ventana posible a la lectura, la palabra, la pertenencia. “Nos daban acceso a material que sería imposible comprar. Era una forma de decir: ustedes también merecen lo bello”, dice Martínez.
La biblioteca no es un lujo. Es, en muchos barrios, lo único. Donde un niño descubre la música, una madre aprende a leer, un adolescente se anima a escribir. Allí, en los márgenes, es donde el Estado más debería estar. Pero se ha retirado.
Como dice Sales, “trabajamos con una mano al corazón, sin pedir nada a cambio, pero sabiendo que esto no puede sostenerse solo con amor”.