La Brújula Barrial es una revista realizada con pasión y entusiasmo desde hace 150 números, y más allá de la información y el análisis que pueda brindar, no ha dejado nunca de “ponerle el cuerpo” a la realidad de estos barrios, esta ciudad y este país.
Los seres humanos somos básicamente cuerpos. Nuestra vida, es la vida de nuestro cuerpo. A partir de él generamos ideas, movimientos, acciones, sentimientos. En su autobiografía, el filósofo italiano Toni Negri cuenta que cuando su hija pequeña le preguntó sobre la muerte y la posibilidad de convertirse en polvo al morir, él le mintió. Le dijo “La muerte no existe. No es real” y agregó: ”No amamos nuestro cuerpo como si fuera polvo, sino como un soporte bello e irreductible de la fuerza de vivir, de la potencia de ser felices”. A lo largo de la historia, la humanidad fue aprendiendo que la supervivencia de la especie está ligada a la conjunción de esas fuerzas individuales, que sin una organización comunitaria de esos soportes de vida, es imposible proyectarnos en el tiempo, ya que hasta para reproducirnos necesitamos a otros. Podríamos decir que, de alguna manera, el cuerpo individual garantiza el presente y el colectivo; el futuro. Durante siglos, fuimos generando sistemas comunitarios en los que los cuerpos fuertes sometieron a los débiles, sistemas en los que esa potencia de ser felices solo se concretó para los poderosos. Se podría decir que si bien los desposeídos siempre fueron una inmensa mayoría, no lograron una fuerza colectiva que fuera exitosa como para cambiar los sistemas de organización que los oprimían. Recién en 1789, con la Revolución Francesa, los cuerpos de una mayoría enardecida lograron poner en jaque al poder, la certeza de que “La unión hace la fuerza”.se apoderó de los cuerpos desempoderados, se extendió en espacio y tiempo y fomentó las luchas anticolonialistas, las revoluciones filomarxistas que siguieron y los reclamos feministas de estas décadas. La historia de la humanidad es la historia de cuerpos en movimiento, accionando. Con toda la imperfección y belleza que eso supone. El poder ha tomado debida nota de ello, sabe que a lo único que puede temerle es a los cuerpos de los disconformes en acción. Por esta razón machaca desde hace tiempo con la idea de su cosificación. El cuerpo como un objeto, una obra de arte que se puede dibujar y colorear, una máquina a la que se le pueden colocar arandelas, tornillos, placas de titanio, chips, bótox o aceite de avión. Un constante insistir para que no aceptemos sus fallas, su fragilidad, su decadencia; para generarnos una vana ilusión de perfección y por lo tanto de inhumanidad. Te hacen sentir como un dios que puede estar en todos lados al mismo tiempo. Te hacen creer que manejas al algoritmo, pero el algoritmo te maneja a vos. A través de la pantalla perfilan tus gustos y te desmovilizan. Desde hace tiempo el poder no para de ofrecernos a la inhumanidad como único futuro. Fomenta cuerpos alelados, adormecidos, atados irreversiblemente a la tecnología y a la soledad. Dentro de este contexto proliferan en el mundo dirigentes políticos que descreen del sistema democrático, ya que la democracia empieza a ser un estorbo para el poder real (el económico). Durante décadas funcionó como un dique de contención a los sueños de protagonismo de los sectores populares y generó algunas concesiones en materia de distribución de la riqueza, pero ya no es necesaria para los que mandan. Pronto las máquinas podrán realizar todas las tareas que hoy realizan los seres humanos. Ni Trump, ni Bolsonaro, ni Milei, creen en la democracia. El argentino lo dejó en claro hace tiempo cuando, consultado por una periodista de TN, no paró de tartamudear y responder evasivas. Sus colegas americanos ya demostraron su desprecio por el voto, desconociendo violentamente las elecciones en las que fueron derrotados ¿Qué hará Javier Milei cuando le toque perder elecciones? ¿Seguirá el ejemplo de sus amigos? En las elecciones que se están desarrollando durante este año en el país ha resultado ganador el ausentismo. El poder está de parabienes ¡Qué más puede pedir! Esos cuerpos apáticos y ausentes son incapaces de oponerse a sus deseos, de juntarse para resistir a su sometimiento. La democracia, con todos sus defectos, es una de las pocas herramientas que consiguieron los desposeídos para luchar por sus derechos. Vaciarla de contenido es una pésima idea que sólo favorece a los que tienen la sartén por el mango. En los comicios de 2003, cuando todavía no existían aquí las redes sociales, y aún retumbaba en los oídos el “¡Qué se vayan todos!”, los descontentos con el sistema no se ausentaron de las urnas, colocaron en los sobres, fetas de salame, fotos de la tía o fragmentos de papel higiénico usados, dejando constancia de su disconformidad. Pese al hartazgo, pusieron sus cuerpos, no se los regalaron al poder ¿Podrán estos cuerpos en desuso de 2025 ponerse de pié y dar pruebas de su enojo con el poder o en octubre se quedarán mirando su ombligo esperando que suceda un milagro?