El hombre que convirtió al barrio en canción, escudo y memoria

En la madrugada del viernes 11 de julio, a los 105 años, murió Isabelino Espinosa. Y con él, algo más que una vida se apagó: se fue una voz fundamental de Villa del Parque. No exageramos. Espinosa fue testigo, cronista, cantor e intérprete del alma barrial. Supo ponerle palabras, música y dibujos a la identidad de un rincón de Buenos Aires que, gracias a él, se sabe un poco más a sí mismo.

Nació el 29 de septiembre de 1919, cuando la Ciudad era otra, y sin embargo ya era lo que Isabelino supo mirar. Caminó un siglo largo sin dejar de observar, escribir, cantar y recordar. Con su muerte, se cierra un capítulo.

Su familia, en un gesto poético que él hubiera celebrado, despidió la noticia con una metáfora luminosa: “Pasó un fuerte viento que se llevó del Árbol de la Vida de Papá 105 hojas que volaron hacia el cielo…”. Y no hay imagen más justa: Isabelino fue un árbol generoso que dio sombra y cobijo, raíces firmes, frutos de sabiduría. Un árbol que no cae: se multiplica.

Su obra atraviesa todas las formas del arte popular. Fue historiador barrial, periodista, ilustrador, letrista de tango, narrador de lo fantástico y compositor de himnos. Pero ante todo, fue un vecino profundamente enamorado de su barrio. Un militante de la memoria cotidiana.

Diseñó el Escudo de Villa del Parque, esa insignia que está silenciosa en la Plaza Aristóbulo del Valle, en escuelas, centros culturales, clubes. Un dibujo simple pero cargado de sentido, que resume los valores de la comunidad. 

Compuso tangos para Boca Juniors e Independiente, himnos oficiales para Nueva Chicago, Instituto, Talleres, Deportivo Paraguayo. Pero fue el tango “Villa del Parque, mi barrio querido” el que muchos vecinos llevan como melodía interna.

En los años treinta, cuando el fútbol era todavía un ritual barrial antes que una industria global, formó parte de La Oral Deportiva. Más tarde escribió en El Gráfico, con esa pluma precisa que narraba gambetas como si fueran cuentos.

Pero no se quedó en la crónica deportiva. Su imaginación lo llevó a crear historietas como Tancredo y Candelario, y relatos que bordeaban lo sobrenatural. 

Integrante activo de la Junta de Estudios Históricos de Villa del Parque, fue reconocido en vida por su aporte inagotable. Cada encuentro en el barrio en el que se lo nombraba, y se lo nombraba seguido, tenía algo de homenaje.

Su cumpleaños 105, hace apenas unos meses, fue celebrado como una fiesta popular. Como si el barrio intuyera que era momento de decirle gracias en vida. Ahora que Isabelino partió, ese gracias se transforma en legado.

Porque los barrios también tienen sus héroes. No llevan capa ni aparecen en noticieros. Caminan las mismas veredas y van al mismo almacén. Isabelino fue uno de esos. Sembró las canciones, los escudos, los recuerdos, las historias. Eso queda y se multiplica.

Tu nombre ya es parte de la memoria viva de Villa del Parque. Y de su futuro.