El homenaje a los docentes y a las infancias palestinas en un acto escolar se convirtió en objeto de persecución política en la Ciudad. Lo que debería ser un gesto humanitario terminó etiquetado como “adoctrinamiento” y “antisemitismo”.

El conflicto palestino-israelí vive uno de sus capítulos más sangrientos en estos meses: los bombardeos sobre Gaza dejaron miles de víctimas, en su mayoría civiles, y la comunidad internacional asiste con impotencia o complicidad a un drama humanitario que no cesa. En ese contexto, un gesto en una escuela porteña abrió un debate incómodo que desnuda hasta dónde llega la censura y el miedo a hablar de Palestina en Argentina.

El hecho ocurrió en la Escuela Normal 5 de Barracas, durante el acto por el Día del Maestro. Federico Puy, docente de tercer grado, tomó la palabra y dijo: “Quiero hacer un homenaje a maestros y maestras de Gaza, las infancias en Palestina que están siendo asesinadas por la masacre del Estado de Israel, a los que están viajando en la flotilla humanitaria hacia Cisjordania, y a Tomy, un ex alumno de esta escuela que está trabajando en Qatar, lugar que fue bombardeado”. Lo que siguió fue un aplauso de la comunidad presente.

Nada en esas palabras suena a odio ni a incitación. Fue un homenaje, un recordatorio del dolor de un pueblo que resiste. Sin embargo, la respuesta de las autoridades porteñas fue abrirle un sumario por “adoctrinamiento”. La ministra de Educación, Mercedes Miguel, escribió en su cuenta de X: “Lo que este docente realizó durante un acto en una escuela de la Ciudad es inadmisible. En las escuelas de la Ciudad vamos a cuidar a los niños de todo tipo de adoctrinamiento y manipulación”. El jefe de Gobierno, Jorge Macri, reforzó la línea punitiva: “Lo que ocurrió en esta escuela es muy grave y el responsable será sancionado con todo el peso de la normativa vigente”.

A esto se sumó un comunicado de la DAIA que acusó al maestro de haber pronunciado “una diatriba antisemita y antisionista”, de exponer una bandera palestina y de “legitimar la judeofobia”. Pero al volver a leer las palabras exactas de Puy, la pregunta es inevitable: ¿dónde está el antisemitismo? ¿Desde cuándo condenar la muerte de niños palestinos se convierte en un acto de odio? Equiparar solidaridad con Gaza con “judeofobia” no sólo es injusto, sino peligroso: banaliza el antisemitismo real y lo transforma en un comodín para acallar críticas legítimas a Israel.

Intelectuales como Ernesto Resnik lo señalaron con claridad en redes: “¿Cuál fue la diatriba antisemita? ¿Pueden explicar así la gente entiende?”. La pregunta nunca fue respondida. El silencio refuerza la sospecha de que no hay argumentos sólidos, sólo un mecanismo de disciplinamiento.

Lo más preocupante es la inversión de términos. Se acusa de “adoctrinamiento” a un maestro por expresar solidaridad con Palestina, pero lo que adoctrina de verdad es mostrar a los alumnos que hay palabras prohibidas y que quien las pronuncie será castigado. Como advirtió el pedagogo Daniel Brailovsky, los niños aprenderán más de la sanción que de esos 40 segundos de discurso: aprenderán que hablar de Gaza está mal, que callar es más seguro que pensar.

La escuela debería ser el espacio para abordar la complejidad, para discutir con respeto, para ejercitar la empatía frente al dolor humano. Si decir “los niños palestinos están siendo asesinados” se vuelve inadmisible, ¿qué queda de la educación crítica? ¿Qué pasa si un profesor de historia quiere leer con sus alumnos a Hannah Arendt o a Rodolfo Walsh sobre los orígenes de Israel? ¿También será sancionado?

Callar sobre Palestina es una forma de tomar partido. Y en este caso, las autoridades lo hicieron de manera explícita: eligieron castigar al que recordó a las víctimas. En un mundo donde se multiplican las muertes en Gaza, lo verdaderamente inadmisible no es el homenaje de un docente, sino la decisión política de silenciarlo.