El barrio debe su nombre a un antiguo parque de eucaliptos que cubría la zona y del que hoy sobrevive un solo ejemplar.

Villa del Parque guarda en su nombre una historia que muchos desconocen y que está íntimamente ligada a la presencia de un inmenso parque de eucaliptos que, a fines del siglo XIX y comienzos del XX, se extendía desde lo que hoy es la Facultad de Agronomía y Veterinaria hasta las quintas y sembradíos que ocupaban gran parte del actual barrio. Aquellos eucaliptos crecían de forma natural entre los campos de alfalfa y los terrenos productivos, formando un monte que marcó el paisaje de la zona durante décadas.

Con el avance de la urbanización impulsada por la Municipalidad, las quintas comenzaron a desaparecer y sus propietarios se vieron obligados a lotear y vender las tierras. El gran monte fue reduciéndose poco a poco, aunque una parte logró sobrevivir durante más tiempo a los costados de las vías del ferrocarril. Fue justamente ese “parque” de eucaliptos el que dio origen al nombre del barrio: la villa que se construía sobre el parque.

Aun entrado el siglo XX, era habitual ver estos árboles bordeando las vías, avanzando sobre terrenos baldíos y la zona de la estación. Incluso existió un eucalipto de dimensiones extraordinarias en la esquina de Nazarré y Cuenca, que sobrevivió hasta principios de la década del setenta frente a la florería “La No Me Olvides”, recordada por abastecer de flores a los románticos vecinos de la época.

Los eucaliptos no sólo definieron el paisaje: también formaron parte de la vida cotidiana. Sus hojas y frutos se colocaban en jarritos con agua sobre las estufas a kerosene, generando vapores que, según padres, abuelos y maestros, tenían propiedades curativas. Servían además para contener grandes cantidades de agua durante las tormentas, eran arcos improvisados en los partidos de fútbol al costado de las vías de la calle Melincué y perfumaban el aire en primavera.

Con el tiempo, el progreso, o más bien el avance del cemento, fue arrasando con ellos. Árboles que daban oxígeno, sombra y alegría fueron desapareciendo, borrando poco a poco el origen mismo del nombre del barrio. Hoy, de aquel enorme parque, sólo queda un único eucalipto en pie, ubicado sobre la calle Melincué, frente a las vías en dirección a José C. Paz, casi esquina Argerich, al final de un complejo de departamentos.

Ese árbol solitario es mucho más que un eucalipto: es un símbolo vivo de la historia de Villa del Parque. Preservarlo es preservar la identidad del barrio y el vínculo con su pasado.

Texto basado en el relato de Juan Miguel Peyrelongue.