Néstor Frenkel nunca encajó del todo en ninguna etiqueta: orbitó el Nuevo Cine Argentino, trabajó como sonidista y terminó armando una filmografía singular. Entre recuerdos de barrio, reflexiones sobre la cultura en la era de redes y la crisis del cine argentino, presenta Los Monumentos, un proyecto olaborativo que apuesta a hacer cine entre muchos.
Por Fermín de la Serna
¿Qué recuerdos tenés de tu infancia en relación al barrio donde creciste?
Mi cuadra era una cuadra de mucho colectivo. Yo vivía en un edificio. Pero mi mejor amigo de toda la primaria vivía por Núñez. Él vivía en una planta baja y la ventana de su cuarto daba a la calle; salíamos directamente por la ventana. La vereda era la continuación del cuarto, salíamos a patear la pelota, los chicos de la cuadra se prendían.

En tus inicios, en pleno auge del Nuevo Cine Argentino, ¿te sentías parte de ese movimiento?
Por un lado estaba atento a lo que pasaba, me interesaba, pero no me sentía parte y, de hecho, no lo era. No era parte de ese grupo de películas, aunque sí había algo de época. Yo estuve cerca de ese mundo más que nada desde mi primer oficio, que fue el de sonidista. Ahí sí trabajé con varios que estaban en el centro de esa escena. Pero cuando empecé a hacer mis cosas se iban de la norma de lo que «debía ser» el Nuevo Cine.
¿Cómo te das cuenta de que estás por empezar una nueva película? ¿Qué es lo que se enciende?
De golpe me aparece un tema y ese tema me parece interesante. No sé si una obsesión, pero bueno, me queda, me queda… y ahí empieza como todo un pequeño proceso natural que algunas cosas lo atraviesan y otras no. Contarlo y ver cómo me siento contándolo, ver qué me vuelve y cómo me siento respondiendo esa primera inquietud de un cualquiera. No necesariamente alguien profesional del cine con el que estoy haciendo un testeo, sino: «Che, ¿viste esto? Che, ¿sabés esto?». Después hay una parte que es más técnica o profesional: «Bueno, ¿esta es una historia que está contada? ¿Es una historia que repite o que remite a demasiadas otras que ya están hechas?».
«No hago películas para entendidos porque no soy un entendido»
Nestor Frenkel
¿Tema derechos?
Y la verdad que yo soy medio kamikaze con eso. Es que sí, de golpe justo ayer me escribe gente por Instagram: «Che, queremos hacer una remera de Federico Peralta Ramos, te queríamos consultar por el tema derechos». «Mirá, yo hice toda una película y no le pregunté nada a nadie… hacete una remera».
En estos últimos años, con la tecnología ocupando cada vez más espacio y devorando la atención, ¿cómo sentís que fue mutando el interés por la cultura en lo cotidiano entre tus amigos? ¿Qué se ve hoy, de qué se habla, qué se comparte?
Bueno, mis amigos… es difícil, yo tengo mis amigos en general hacen cine, entonces hablamos de cine y hablamos en términos más o menos parecidos. Por un lado hay… el hecho de que todos podamos producir y publicar lo que hacemos hace que haya más cultura o más circulación de cultura. Lo que termina pasando es que hay tanto que todo se pierde. Los temas de conversación duran un día.
Y también esta primera idea de internet como el lugar horizontal donde todos vamos a poder publicar nuestras ideas o nuestros trabajos se invirtió por completo y termina siendo… todos hablamos de una sola cosa y vemos una sola cosa al mismo tiempo. Eso es lo que está pasando, es un poco triste.
Con el cine argentino desarmándose y el financiamiento en crisis, ¿Qué pasa con ese deseo de filmar?
Y… yo encontré una planicie en la que me siento cómodo. Algo conseguí, más o menos ya sé quién soy y sobre todo ya sé quién no voy a ser, digamos. Digo, no está la fantasía juvenil de mirá si me convierto en un súper millonario, súper poderoso. Tampoco es que la tuve muy presente, pero estaba abierta esa posibilidad. Ahora claramente sé dónde estoy, que mucho de ahí no me voy a mover… y eso es tranquilizador. Para algunos puede ser mediocre o te puede achanchar, pero a mí me deja tranquilo y me hace poder trabajar a mi ritmo, con mis lenguajes, con mis deseos. Ahora estoy produciendo con internet. Digamos, con redes. Estoy haciendo una película colaborativa cuya difusión es todo a través de las redes. Yo pido que la gente filme para mí, y la gente me pregunta, me consulta y me termina mandando los materiales, y yo con eso estoy haciendo una película. Me perdí un poco de una parte de la pregunta, creo.
No, el deseo de filmar.
Yo la verdad que tuve esa suerte de que cuando tuve ese primer impulso. Pero bueno, enseguida entendí que había un Estado que podía apoyar lo que yo estaba haciendo, que había un sistema que funcionaba, que por supuesto tenía sus costados de corrupción, pero era un sistema súper positivo. Tuve esa suerte de que presenté un proyecto, como cualquier hijo de vecino por mesa de entrada, recibí apoyo y pude empezar a filmar.
Hoy por hoy debe ser muy duro. No solamente sentir que uno está tapado por millones de imágenes que están dando vueltas, sino que no hay nada que te impulse, que te diga «dale, esto sirve, esto podés intentarlo, podés hacerlo». Bueno, a la vez también… los medios son más económicos. Y siempre en los momentos también de crisis fuerte aparecen los nuevos lenguajes, aparecen las nuevas generaciones, aparece una nueva energía que conteste algo, porque si no es triste el futuro.
Y me interesa saber esto de este nuevo proyecto que estás haciendo…
Los Monumentos. Exactamente. Por su propia temática, que es buscar hacer un censo, un catálogo de objetos que no están ni censados, ni catalogados, ni anotados en ningún lado, es como que ya la investigación es imposible. La investigación necesita partir de una base colectiva. Y al no tener apoyo del INCAA y no poder, no sé, me alquilo una combi y me voy con cuatro personas a dar la vuelta al país… no tengo esos medios. A la vez eso lo vuelve también más interesante: que sean los propios descubridores, los propios investigadores, que no solamente aporten un dato, sino que filmen con sus medios, con sus posibilidades. Y también es una parada política también decir «lo vamos a hacer igual, lo vamos a hacer de a muchos».
Y a la vez vamos a ir al rescate de nuestra cultura: «estos somos nosotros». Todos estos monumentos que andan dando vueltas por el país somos nosotros. Así que los vamos a rescatar y también nos vamos a dar el lujo de reírnos un montón. Así que todo eso junto va a ser la nueva película. Estoy súper entusiasmado. Un quilombo… Me estoy volviendo loco porque aparte los monumentos no hablan, no se mueven, son cosas… ¿cómo hacés una película con cosas que están quietas, no emiten sonido ni movimiento?.
Tus películas tienen un humor particular y a veces absurdo, pero siempre son accesibles.
Si, para gente que no sea fanática del cine, que no «entienda» de cine (con todas las comillas que eso puede tener). De hecho, a la cinefilia dura no le suele gustar mucho lo que yo hago. Es un poco chabacano, es un poco popular. No soy un director fino de festivales; no van a Berlín mis películas.
¿Y nunca tuviste un momento de decir «che, quiero cambiar ese rumbo»?
No, fue al revés. Empecé un poco como fantaseando con el mundo de los festivales y todo eso. Y de hecho, hice el segundo documental que hice, Construcción de una ciudad, que viajó un montón. Ahí viajé yo un montón y empecé a entender también lo que pasaba. Yo ponía la película acá y se veía como una comedia, y me iba a Alemania, Francia, España mismo… no sabés lo que eran las conversaciones después de la película. Eran todas como serias, era un «drama tercermundista» para ellos lo que acababan de ver. También empecé a entender que había un código que se rompía o algo que no trascendía en otros lugares. Soy un director de cabotaje, con todo lo bueno y lo malo que eso puede tener.
Y con la siguiente que fue Amateur, que también… bueno, acá la gente la amaba a esa película y a los festivales ni iba. De hecho, como que hubo una expectativa leve después de Construcción de una ciudad y me acuerdo que pidieron Amateur para Variety —que era como la guía de los festivales en ese momento— y me dijeron «no, esta no». Sacaron una crítica diciendo «esta película no tiene que ir», lo cual en su momento me impactó y ahora lo recuerdo con risa… y me ordenó también.
Hay un montón de gente que le gusta lo que hago, hay un montón de gente que me quiere, me dice cosas lindas, voy a una proyección de mis películas y siento cómo se disfrutan. No soy un cinéfilo duro ni estudié ni tengo toda la teoría en la cabeza, y hago películas que le gustan a gente que le gusta la música, que le gusta la pintura, que le gusta la literatura, que le gusta el fútbol, que le gusta lo que sea. Gente que puede disfrutar de cosas sin necesariamente tener un background atrás. No hago películas para entendidos porque no soy un entendido.
¿Qué otros artistas o no artistas, musicales, del cine, de la literatura, te llenan?
El Príncipe. Y Federico Peralta Ramos. Son dos planetas gigantes y arman ahí un cosmos.