Interesantes reflexiones de un joven científico del sur argentino

Juan Emilio Sala*

Me desperté a las 5 de la madrugada y ya no pude seguir durmiendo. Una idea incómoda se metió en mi cabeza y comenzó a molestarme, cual tábano socrático. Una vez más, desde el inicio de la cuarentena, mi descanso nocturno se vio interrumpido.

Desde el mismo momento en que la Organización Mundial de la Salud (OMS) decretó la pandemia producto del avance global de las infecciones humanas por parte del virus SARS-CoV-2, un tipo de coronavirus altamente contagioso, la retórica mundial ha desplegado una metáfora belicista, haciéndola hegemónica. Estamos en “guerra”, a nivel planetario, contra un “enemigo invisible”, repiten una y otra vez. Esta idea me generó -y sigue generando- un fuerte rechazo desde el principio, ya que como sabemos la elección y el uso de metáforas crea realidades, debido al carácter performativo del lenguaje. ¿Qué podemos decir de la metáfora maquínica, tan moderna, para explicar lo vivo? ¿De verdad necesitamos “crear” una situación de guerra para declarar, explícita o implícitamente, el estado de excepción y hacer frente a un virus? ¿Qué nos dice esto de nosotros como especie? Como ecólogo sistémico y dialéctico, profundamente comprometido con el pensamiento crítico-filosófico y la acción militante en los territorios, me niego a aceptar que un virus sea equiparado a un ejercito (microscópico) y a la humanidad toda como el “bando” contrario. Algunas de mis razones las esbozaré más abajo. Pero esa madrugada las lecturas de cuarentena, de los más diversos pensadores, cristalizaron como un mazazo en mi cuerpo-mente.


Figura 1.Síntesis gráfica de la crisis civilizatoria que estamos atravesando. Muro intervenido de las calles de la Ciudad de Buenos Aires, trabajo infantil y un árbol decapitado.

El coronavirus como espejo: ¿Nuestro enemigo o el mejor de nuestros aliados?

La metáfora belicista fue prolija y sistémicamente instalada en el sentido común colectivo y hoy parece imposible correrse de allí. Por esto es que no nos resulta extraño reconocer que “existe” algo parecido a una serie de “frentes de batalla” de orden planetario. En este sentido, lo sería el esfuerzo inclaudicable que los y las profesionales de la salud vienen realizando en hospitales sobrepasados, con carencias de todo tipo (desde insumos, camas y respiradores artificiales hasta la falta de personal), contagiándose y obligados a lidiar con la inhumana decisión de hacer vivir o dejar morir a los pacientes más graves, producto de dichas carencias. Puede pensarse como un “frente de batalla” lo que experimenta cada uno de los trabajadores y trabajadoras que se exponen al virus en los comercios, el transporte, la recolección de residuos y demás servicios públicos esenciales. También en el cuerpo de cada uno de nuestros adultos mayores aislados y de los ciudadanos sistemáticamente vulnerados por políticas excluyentes, que habitan los barrios populares precarizados o directamente en situación de calle. Ese 50% de la población del Sur Global que subsiste gracias al trabajo informal -o no registrado-, para los que la opción es morir a causa del virus o morir de hambre. Sin dudas existen “frentes de batalla” en los hogares con violencia y abusos o en las familias numerosas encerradas en un solo cuarto de escasos metros cuadrados sin agua potable. Y así podríamos seguir. Pero en verdad, ¿cuántos de estos “frentes de batalla” son preexistentes a la pandemia y ahora sólo se vieron exacerbados? Además, bajo estas coordenadas de análisis, nos encontramos librando una “guerra no convencional”, en la cual no se triunfa mediante el uso de armas de destrucción masiva sino a partir de cuidados, del apoyo mutuo y la cooperación. ¿Qué extraña guerra, no? Por esto es que, entre otras razones, no estamos en guerra. Estamos ante un espejo. El virus como espejo que nos refleja nuestras penurias existenciales. La profunda crisis existencial, afectiva y metafísica que estamos atravesando y que precede a la ecológico-climática. Aquellas crisis sinergizadas que como especie no sólo no supimos todavía revertir sino que nos encargamos de reproducir. Así, el virus auto-coronado cual Napoleón, avanza de forma imperial a la conquista del mundo, sin discriminar territorios geográficos ni clases sociales en su capacidad de contagio, aunque sí en su capacidad de daño. Esa idea incómoda que me quitó el sueño y me empujó escribir estas líneas estaba formulada en forma de pregunta: ¿Y si el coronavirus, lejos de ser nuestro “enemigo”, se constituye en el mejor de nuestros “aliados”? Tal como sugirió recientemente Boaventura De Sousa Santos (2020), este virus -y la pandemia que desató- presenta una crueldad pedagógica superlativa, ya que a partir del dolor generado -y el que seguirá generando- a nivel global, también nos invita, como humanidad, a re-pensar y re-crear nuestras formas de ser-y-estar en el mundo.

Según la Real Academia Española, el vocablo «pandemia» procede del griego πανδημία, de παν (pan, todo) y de δήμος (demos, pueblo), expresión que significa “reunión de todo un pueblo”. Interesante forma de mirar lo que estamos viviendo, ¿no?. La pandemia como reunión humana de escala planetaria para reformular su existencia. Parar. Sentir-pensar. Recrear.

Pero, ¿por qué el virus como espejo de la humanidad? Al día de hoy, existe un debate interdisciplinario abierto sobre el estatus ontológico de los virus, respecto si se los considera seres vivos o no. El Instituto Nacional de Investigación del Genoma Humano de los Estados Unidos (NHGRI, por sus sigla en inglés) describe a los virus como agentes, patogénicos o no, “cerca del límite entre lo vivo y lo no vivo” (ver López-Guerrero 2018). Esto se debe a que no pueden funcionar, metabólicamente, sin interactuar con una célula viva u hospedadora. Por sí solos son esencialmente inertes, incapaces de moverse o multiplicarse. Los seres humanos occidentales modernos, esmerilados mediante la potente tríada indisoluble de dominación compuesta entre capitalismo, colonialismo y patriarcado (De Sousa Santos 2020), se encuentran ya hace muchos años en un estado similar al de los virus, ni plenamente vivos ni absolutamente muertos: zombies. Es por esta razón que el grupo de pensadores anarquistas franceses conocido como Comité Invisible sostiene que la degradación de la biosfera, resguardo y medio de vida de humanos y demás seres vivos que integran el planeta, se debe más a nuestra ausencia que a nuestra presencia en el mundo:

“El agotamiento de los recursos naturales está probablemente bastante menos avanzado que el agotamiento de los recursos subjetivos, de los recursos vitales, que afecta a nuestros contemporáneos. Si tanto se complacen detallando la devastación del ambiente, es también para velar la aterradora ruina de las interioridades. Cada derrame de petróleo, cada llanura estéril y cada extinción de una especie es una imagen de nuestras almas harapientas, un reflejo de nuestra ausencia en el mundo, de nuestra íntima impotencia para habitarlo.” (Comité Invisible 2015, p. 27).
Así es como el coronavirus nos permite reflejar nuestra existencia en crisis. Entonces, lo que habita el mundo y lo destruye no son los humanos sino los zombies de una sociedad moderna humanista nunca consumada (¿libertad, igualdad y fraternidad?), tal como sugiere hace muchos años Bruno Latour (2012 [1991]). “Vivimos la resaca de una orgía en la que nunca participamos”, reza un muro en la Ciudad de Buenos Aires mientras dos niños caminan por enfrente con su carro de recolección (Figura 1). ¿Y qué nos permite ver el coronavirus?

Figura 2. Imágenes del tipo Gestalt. El término Gestalt proviene del alemán y puede traducirse como “forma”, “configuración” o “estructura”. Según la escuela de pensamiento homónima, la mente configura los elementos que llegan a ella a través de los canales sensoriales (percepción) o de la memoria (pensamiento, inteligencia y resolución de problemas). ¿Están fijas o se mueven? La percepción sensorial nos puede jugar una mala pasada. Lo real y la realidad quedan así distinguidos.

El Rey Desnudo: La diferencia entre lo real y la realidad Una cuestión central a la filosofía, desde la Antigua Grecia hasta la actualidad, es la diferencia entre “lo real” y “la realidad”. Dependiendo de los pensadores o las escuelas de pensamiento que analicemos encontraremos diferencias, pero siempre -o casi siempre- se entienden como cosas distintas (Figura 2). Concentrándonos en cómo aparece la cuestión de “lo real” en la modernidad, podemos usar como ejemplo la propuesta de Immanuel Kant (1724-1804), quien distingue al “fenómeno” del “noúmeno” o “cosa en sí”. Kant considera que aquello percibido a través de los sentidos como “fenómeno” se encuentra sometido a condiciones subjetivas de la sensibilidad externa e interna. O sea, estaría espacio-temporalmente determinado, tanto por cuestiones sociales como neuro-cognitivas. Esto hace que nunca podamos, según Kant, llegar a conocer a “la cosa en sí” o “lo real”.

Figura 3. Porcentaje de emisiones de dióxido de carbono por hábitos de consumo en función del decil de ingresos. Sólo el 10% de la población más rica genera el 50% de las emisiones globales; y el 50% más pobre genera únicamente el 10% de las emisiones acumuladas totales.

Más acá, Jacques Lacan (1901-1981) también distingue “lo real” de “la realidad”. Esta última es para Lacan lo que el sujeto percibe y entiende (o cree entender) de “lo real” (ver Figura 2). Así, la realidad sería equiparable al “sentido común”. Pero, como sabemos, durante miles de años dicho sentido le indicaba al ser humano que el Sol era quien giraba en torno a la Tierra, hasta la llegada de la Revolución Copernicana (iniciada en el siglo XVI) y la consumación de la primera herida narcisista de la humanidad según Sigmund Freud (1856-1939).

Entrando de lleno en cómo se expresa esta diferencia de cara a la pandemia del COVID-19, podemos ver las “realidades”, matrizadas por múltiples temporalidades, que se expresaban antes de la llegada del virus a los territorios y la puesta en evidencia de “lo real” al fragor de su paso. Por ejemplo, hasta principios de marzo de este año todo indicaba que Trump se encaminaba a la reelección como Presidente de la máxima potencia económica, bélica y cultural de Occidente; gracias a una maquinaria -o dispositivo- potente, eficiente y omnipresente de asujetamiento bio-psico-político. «Make America Great Again», prometía para llegar al Salón Oval. Grande es hoy la montaña de cadáveres que están siendo enterrados en fosas comunes en la ciudad de Nueva York, cuna del sistema financiero-corporativo transnacional que nos llevó hasta aquí (ver Galaz et al. 2015, 2018), evidenciando las profundas desigualdades existentes y subyacentes a las luces de la “Gran Manzana” de la isla de Manhattan, incluso en una ciudad como esa. El coronavirus, entonces, ha corrido el telón impuesto por el poder real al teatro de operaciones de “lo real”, ese que se congrega periódicamente en las reuniones del Grupo Bilderberg, la Sociedad Mont Pelerin y Davos (tercera “marca”, respecto a las otras dos). De esta forma, nuestro aliado microscópico develó décadas de profundización en la inequidad socio-económica, vejaciones a los derechos humanos de todo tipo como guerras no-metafóricas por hidrocarburos, la extinción masiva de especies, la degradación irreversible de territorios, y la alteración planetaria del sistema climático (ver Figura 3), con todo lo que ello implica (ver más abajo), y podríamos seguir.

Pero entonces, ¿cuál será la realidad? ¿La del Estado elefantiásico que según la prédica neoliberal hay que poner a dieta, achicarlo y hacerlo ágil para el “libre mercado” y el “libre comercio” ó el Estado presente que se hace cargo de la pandemia en muchos países del mundo, pese a las carencias propias del triunfo global del neoliberalismo en los últimos casi 50 años? Tristemente la respuesta está en el índice de muertos por cada millón de habitantes. Hoy el virus pulverizó el telón, dejando ver lo real subyacente, ¿será por eso que nos mandan masivamente a usar tapabocas? ¿Para que no gritemos de bronca por recuperar lo que nos pertenece? Algo de esto estaba pasando, en todo el mundo, justo antes de la llegada del coronavirus a cada rincón del planeta.

Para recuperar nuestras voces y la capacidad de agenciamiento colectivo que nos permita transformar “lo real”, resulta imprescindible entender que ya no podemos seguir utilizando los mapas conceptuales de una modernidad nunca consumada y decadente; que sigue intentando dividir a los pueblos del mundo en el plano horizontal entre izquierda y derecha. Comunismo versus capitalismo liberal. Si nunca fuimos modernos es justamente porque seguimos viviendo en un sistema feudal reconfigurado y cada día más evidente, entre otras cosas, gracias a esta pandemia. Tal como reconoce el joven filósofo italiano Diego Fusaro, el eje que debemos analizar es vertical, compuesto por los Siervos (el 99% de la población) y los Señores globalistas neo-feudales (el 1% restante):

Con el tránsito al capitalismo absoluto post-1989[1], se ha, en efecto, verificado una mutación de la geometría espacial de la política. La vieja dicotomía topográfica, expresiva de la oposición entre derecha e izquierda se ha agotado; en su lugar, la ha sucedido la nueva síntesis entre lo bajo y lo alto, entre Siervo nacional-popular (el precariado[2]) y Señor mundialista (aristocracia financiera).” (Fusaro 2019, p. 116).

Hoy vemos cómo este orden neo-feudal compuesto por el monoteísmo global financiero, cuya representación terrenal se da a través de los todopoderosos-mercados y sus templos (las bolsas de valores); sus Reyes y demás Señores neo-feudales, los cuales tienen como máxima ambición -¿medieval?- alcanzar los paraísos (fiscales), quedan expuestos y desnudos ante la cruel pedagogía del coronavirus. Dueños y señores de todo “lo real” parecieran estar siguiendo la historia del cuento infantil de Hans Christian Andersen titulado “El traje nuevo del Emperador” (1837), también conocido como “El Rey Desnudo”. Un espejo mágico (el virus auto-coronado) que en su reflejo desnuda lo real de la realeza. Codicia, soberbia y despotismo.

Pero es necesario entender aquí la relación directa entre todas las atrocidades producidas por la codicia de los Señores neo-feudales -o aristocracia financiera- y la emergencia de las cada vez más frecuentes, contagiosas y letales enfermedades zoonóticas (aquellas propias de los animales que se transmiten de algún modo a los humanos). La bibliografía científica viene dando cuenta hace muchos años de esta situación, alertando sobre la necesidad de cambios profundos para detener la aparición de este tipo de enfermedades (ver e.g., Cheng et al. 2007).

Existen seis causas principales que explican las zoonósis como la del COVID-19, a saber: 1) el tráfico ilegal de fauna a escala global aumentó los contactos entre animales silvestres “exóticos” y las poblaciones humanas que, de otra manera, nunca hubieran ocurrido; 2) la degradación de los ecosistemas naturales ha hecho que los animales silvestres tengan cada vez menos hábitat donde vivir, empujándolos hacia ecosistemas intensamente transformados como las fronteras agropecuarias y zonas urbanas, potenciando el contacto entre animales y humanos; 3) la extinción de especies silvestres, producto en gran parte de la destrucción de hábitats, la caza y el tráfico de fauna, ha simplificado las redes alimentarias y reducido las relaciones entre especies que naturalmente controlan el tamaño de las poblaciones animales de vectores de enfermedades y hacen de “corta-fuegos” en la transmisión de estas enfermedades zoonóticas; 4) los sistemas intensivos de producción de alimentos derivados de animales, como los feedlots (principalmente de carne vacuna y porcina) y demás centros industriales de producción de e.g., pollos, pavos, y peces, han generado verdaderos “caldos de cultivos” de nuevos patógenos resistentes a fármacos, potenciando la posibilidad de la migración a humanos; 5) el cambio climático global, resultante mayormente del uso indiscriminado de combustibles fósiles y la destrucción de ecosistemas, ha aumentado la temperatura en todo el planeta, haciendo que especies típicamente tropicales ahora encuentren un hábitat apropiado en las regiones templadas, las más pobladas del mundo; y 6) la urbanización y la globalización han generado que las personas vivan en grandes concentraciones y desplieguen una gran movilidad a escala planetaria, combinación que favorece la rápida propagación de enfermedades infecciosas. Como vemos, todo está interrelacionado a niveles insospechados, no evidenciados en las “realidades” que nos muestran los grandes medios masivos de (des)información.

Cuarentena global: La gran paradoja zoológica

La respuesta que todos los Estados nación implementaron -más tarde o más temprano, total o parcialmente- para intentar frenar el avance del Imperio del Coronavirus redundó en una cuarentena global[3]. Mientras no exista vacuna ni fármacos para “combatir” al virus, deberemos permanecer mayormente encerrados, igual que como se enfrentaba a las pestes medievales. Esto generó una “paradoja zoológica”, donde ahora los animales de todo el mundo “recuperan” sus territorios otrora arrebatados por los zombies que hoy deberán permanecer en cautiverio y tras las “rejas”. La contaminación del aire y las aguas disminuyó en las grande urbes superpobladas y una ola de romanticismo naturalista invadió las redes sociales, lugar-en-el-mundo de la sociedad zombie. Lamento romper ilusiones, pero las múltiples “realidades” que nos mostraron sobre carismáticos animalitos utilizando zonas urbanizadas no son más que raptos efímeros, situaciones aisladas sin ningún efecto ecológico real. Droga para zombies. Lo único real es que las corporaciones y sus Señores neo-feudales aprovecharon la “parálisis” del cautiverio masivo -y con ella la disminución en los controles estatales- para profundizar su capacidad extractivista sobre los territorios. Para muestras basta ver lo que está sucediendo en el Mar Argentino y en los bosques del Amazonas, dos de las regiones del planeta más intensamente explotadas en la actualidad. El punto central que desnuda la paradoja zoológica -o la inversión del cautiverio- es que nos sigue proponiendo una separación entre naturaleza y sociedad propia de la modernidad. Justo sobre esta dicotomía es en donde se apalancó la exfoliación sin escrúpulos de la naturaleza desde la primera Revolución Industrial (iniciada en el sigo XVIII) para acá. Una parte central de la construcción colectiva de los nuevos mundos posibles para la post-pandemia será el entendimiento ampliado de la inexistencia de dicha separación. Como prueba irrefutable de ello están los seis puntos explicitados más arriba, donde mostramos las múltiples relaciones entre la naturaleza, nuestros modos de vida y producción, y el desarrollo de pandemias como la actual. Agredir a la naturaleza es agredirnos a nosotros.

Figura 4. Sobre “lo real”, la filosofía (metafísica) y la ciencia neo-positivista pescando sus “realidades” disciplinares en un balde.

Pero como veremos más abajo, toda crisis representa oportunidades, y los tiburones de Wall Street lo saben mejor que nadie. Ante la evidencia de “lo real”, una vez más el poder concentrado busca una salida de realidad única: la virtual. En cuestión de horas, las distopías que veníamos viendo en series como Black Mirror, y que nos parecían ciertamente algo lejanas, se consuman: incorporación planetaria y masiva de la humanidad a la realidad virtual. Las grandes ganadoras de la paradoja zoológica son las corporaciones tecnológicas conocidas como el grupo GAFA (Google, Apple, Facebook y Amazon), al que habría que agregar, sin dudas, a Microsoft (GAFAM). La curva de crecimiento de estas grandes corporaciones GAFAM venía achatándose, mucho antes de que el mundo entero se propusiera achatar la curva de contagios del COVID-19. Pero el virus imperial fue capaz de forzar el cautiverio humano a escala global, potenciando aún más la digitalización de su existencia. Gracias a esto, las grandes empresas tecnológicas vieron crecer el valor de sus acciones de forma conjunta en unos 750 mil millones de dólares desde la última semana de marzo a fines de abril. Tal como sostiene el escritor, docente y periodista Esteban Magnani: “Si alguien hubiera querido diseñar un mundo perfecto para estas empresas no habría encontrado algo mejor que un virus global capaz de forzar el encierro de todo el planeta y aumentar aún más la digitalización de sus vidas. Educación, trabajo, ocio, consumos culturales, apoyo psicológico, cursos, actividad física, sexo y todo lo demás pasó a requerir un soporte virtual para seguir ocurriendo”. Sin dar lugar a segundas intenciones ni miradas conspirativistas sobre lo ocurrido, es innegable que el proyecto de digitalización de la sociedad ha recibido con esto un envión inconmensurable.

Una salida posible: habitar la excepció

Uno de los economistas del sigo XX más influyentes y que más hicieron por volver hegemónico al neoliberalismo a nivel planetario fue Milton Friedman, quien en el prefacio de la edición de 1982 de su clásico libro -y bestseller– “Capitalismo y libertad” sostenía:

“Sólo una crisis -real o percibida- da lugar a un cambio verdadero. Cuando esa crisis tiene lugar, las acciones que se llevan a cabo dependen de las ideas que flotan en el ambiente. Creo que ésa ha de ser nuestra función básica: desarrollar alternativas a las políticas existentes, para mantenerlas vivas y activas hasta que lo políticamente imposible se vuelva políticamente inevitable”. Friedman (1982 [1962], p. ix.).

Este economista de la Escuela de Chicago fue quien articuló el núcleo táctico-teórico del capitalismo contemporáneo al que Naomi Klein describió como “doctrina del shock” en su fantástico libro (Klein 2007). Friedman tenía muy claro que las crisis dejan “tablas rasas” donde se puede aprovechar para insertar nuevos paradigmas, nuevas hermenéuticas, y así probaron en Chile en 1973. Sólo en este sentido -golpe de Estado y asesinato a Salvador Allende mediante-, Friedman tenía razón. Las crisis son oportunidades. Y justamente por esto es que hace casi 50 años que vivimos en un estado de crisis o excepción permanente. Así y sólo así se generan las nuevas oportunidades, pero no de cambio social positivo sino de negocios, que son capitalizadas por los Señores neo-feudales. Y así fue: producto de la pandemia y sólo en un día los 8 hombres (sí, son todos hombres) más ricos de los Estados Unidos ganaron 6.200 millones de dólares, mientras se perdieron 33 millones de puestos de trabajo, tal como expresó Warren Gunnels, Director de Personal del Senador Bernie Sanders, quien hasta hace poco competía por la presidencia en dicho país.

Pero esta excepcional excepción que enfrentamos (o excepción²), producto de la intromisión imperial del SARS-CoV-2, tiene que ser una oportunidad para transformar de una vez y para siempre el curso de la historia. Para ello es necesario, entre otras cosas, transcender el paradigma del crecimiento económico sostenido como expresión de desarrollo o progreso. Todos los que sostengan que necesitamos del crecimiento económico para salvar vidas, redistribuir la riqueza o para progresar en general, no sólo están faltando a la verdad sino que tienen que entender que, por ejemplo, el crecimiento económico explica menos del 30% de las mejoras mundiales en la esperanza de vida entre 1971 y 2014 (ver Steinberger et al. 2020). Para avanzar en este sentido necesitamos que todas las disciplinas del conocimiento, junto a los saberes sojuzgados y acallados de la historia, como los tradicionales, campesinos, locales e indígenas, co-produzcan esquemas alternativos de estar-en-el-mundo, con énfasis en lo local-regional.

Por último, para intentar pensar colectivamente una salida posible, tomaré prestadas algunas herramientas de uno de mis filósofos contemporáneos favoritos, Amador Fernández Savater. Lo que los Estados nación pueden hacer, y en el mejor de los casos están haciendo, es gestionar la excepción², tomando las medidas necesarias para intentar contener, lo mejor posible, los daños socio-económicos generados por la pandemia. Haciéndose cargo de las vidas y de la economía a la vez. ¿O vamos a aceptar otra falsa dicotomía moderna? Pero la salida está en ¿gestionar o en transformar? Se puede gestionar para buscar, por todos los medios conocidos, “volver a la normalidad” (ver Figura 5). Visto así, lo que nos sucede es es un hecho aislado, ahistórico, y se lo puede neutralizar con, por ejemplo, una vacuna. Entonces, las respuestas a la crisis dentro de la crisis permanente -o excepción²- se dan en el mismo marco de lo ya existente. La gestión es un bucle, ya que oculta y silencia las preguntas transformadoras sobre las causas y las condiciones de los desastres y así los reproduce, preparando de tal modo nuevos episodios desastrosos.

Figura 5. Edificio de Santiago de Chile durante las masivas manifestaciones contra casi 50 años de neoliberalismo, desarrolladas hasta la llegada de la pandemia.

Transformar significa habitar la excepción². Permitir el ingreso de nuevos juegos de preguntas y respuestas, nuevas formas de pensar y actuar, nuevas lógicas para sentir-pensar-hacer sobre los problemas vinculados a la crisis existencial multidimensional de nuestra civilización (e.g., socio-económica, ecológico-climática, migratoria, afectivo-relacional, feminicida, etc.) desde otra hermenéutica. Una hermenéutica distinta, para respuestas distintas. ¿Cómo? Poblando las situaciones de pueblo, de nuestras preguntas, nuestros pensamientos, nuestras necesidades, nuestros deseos, nuestros saberes, nuestras redes de afecto. Habitar es estar presentes, salir por un rato de las pantallas. No ser sólo espectadores, consumidores o víctimas de las decisiones de los demás. Por el contrario, es sentir-pensar y crear a partir de lo que (nos) pasa, darle valor, compartirlo, tejer con ello nuevos mundos posibles. Vida y militancia. Organización. La cronología eficientista y mercantilista neoliberal nos aseguraba que no podíamos parar, que había que seguir. No hay alternativa, nos decían. Y gracias al Rey SARS-CoV-2 el mundo -ése mundo- se detuvo.

Hoy más que nunca la frase del gran dramaturgo irlandés Bernard Shaw (1856-1950), “la política se hace ó se padece”, debe materializarse en el cuerpo social. Ya que no hay normalidad a la que volver, ni nueva por crear. Porque en la normalidad se hallaba el problema.

*Investigador del CONICET. Trabaja en sistemas socio-ecológicos costero-marinos, ecología política y filosofía de la conservación.

Referencias

Cheng, V. C., Lau, S. K., Woo, P. C., Yung Yuen, K. (2007) Severe Acute Respiratory Syndrome Coronavirus as an Agent of Emerging and Reemerging Infection. Clinical Microbiology Reviews 20(4):660-694.

Comité Invisible (2015) A nuestros amigos. Hekht Libros, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina, p. 27.

De Sousa Santos, B. (2020) La cruel pedagogía del virus. CLACSO, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina.

Friedman, M. (1982 [1962]) Capitalism and Freedom. University of Chicago Press, Chicago, USA, p. ix.

Fusaro, D. (2019) El Contragolpe. Interés Nacional, Comunidad y Democracia. Editorial Nomos, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina, p. 116.

Galaz, V., Crona, B., Dauriach, A., et al. (2018) Tax havens and global environmental degradation. Nature Ecology and Evolution 2:1352-1357.

Galaz, V., Gars, J., Moberg, et al. (2015) Why ecologists should care about financial markets. Trends in Ecology and Evolution 30:571-580.

Klein, N. (2007) La doctrina del shock: El auge del capitalismo del desastre. Ediciones Paidós Ibérica, Barcelona, España.

Latour, B. (2012 [1991]) Nunca fuimos modernos: Ensayos de antropología simétrica. Siglo Veintiuno Editores, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina.

López-Guerrero, J. E. (2018) Virus: ni vivos ni muertos. Editorial Guadalmazán, Córdoba, España.

Standing, G. (2011) The Precariat; The New Dangerous Class. Bloomsbury Academic, London, UK.

Steinberger, J. K., Lamb, W. F., Sakai, M. (2020) Your money or your life? The carbon-development paradox. Environmental Research Letters. 15:044016.


[1]Nota del Autor: Año de la caída del Muro de Berlín.

[2]Fusaro se refiere a la plebe precarizada compuesta por la reabsorción del antiguo proletariado y la vieja burguesía. Para ampliar sobre el concepto de “precariado” ver Standing (2011).

[3]Está claro, por lo expresado en el primer aparato de este trabajo, que las recomendaciones de la OMS para forzar el encierro de la humanidad en sus respectivos hogares está pensada y sólo se puede aplicar desde las clases medias a altas. Siendo muy importante la población a nivel planetario que no podría ni aunque quisiera cumplir con dichas recomendaciones.