En 2024‑25, no se aprobó ninguna película argentina en el INCAA. Festival BAFICI resiste y el sector reclama medidas urgentes para no perder identidad, empleo e impulso cultural.
Por primera vez en su historia, el INCAA no aprobó ni una sola película nacional durante 2024 ni hasta julio de 2025, según el informe del Espacio Nacional Audiovisual. La falta de financiamiento público paraliza la producción, destruye fuentes de trabajo y amenaza la continuidad del cine como espacio cultural y económico.
Los recortes desplazan la preclasificación, eliminan anticipos y obligan a que los productores financien al menos el 50 % del costo, con un año de espera entre subsidios. Como resultado, la participación del cine argentino en la taquilla cayó al 2 %, frente al 10 % de años anteriores. El histórico cine Gaumont proyecta cada vez más cine internacional y la plataforma estatal Cine.ar está en peligro.
El panorama internacional refleja el aislamiento: Argentina no tendrá presencia destacada en Cannes 2025 y apenas presentará un corto y un film rodado en Nueva York. Berlinale solo incluyó El mensaje, que obtuvo un Oso de Plata del jurado.
En contraste, el BAFICI 2025 funcionó como faro creativo y espacio de resistencia: programó casi 300 películas —116 argentinas—, extendió su duración y otorgó por primera vez un premio en dólares al mejor largometraje nacional.
Las voces del sector advierten que el cine se volvió “un lujo inaccesible”: directoras como Valeria Pivato y Cecilia Atán estrenan coproducciones aprobadas antes de los recortes; destacan que el arte atraviesa esta crisis con valentía. Cecilia Roth lo plantea con claridad: “Destrozar es muy fácil, lo difícil es reconstruir”.
Mientras tanto, festivales alternativos y encuentros como Contracampo surgen como iniciativas autoconvocadas para debatir, exhibir y reactivar un cine que resiste y resuena en los creadores locales.
Productores independientes denuncian además la falta de diálogo con las autoridades actuales. Las mesas de trabajo que antes se realizaban con frecuencia fueron suspendidas, y no hay canales formales de consulta para rediscutir las políticas públicas del sector. “No pedimos privilegios, pedimos reglas claras y sostenibles”, señaló un vocero de la Cámara Argentina de la Industria Cinematográfica.
Las escuelas de cine también sienten el impacto. La ENERC y otras instituciones públicas enfrentan presupuestos congelados y becas recortadas, lo que limita el acceso a la formación audiovisual. Muchos estudiantes han tenido que abandonar carreras o suspender rodajes por falta de insumos básicos.
A pesar del apagón institucional, los estrenos pendientes y los festivales independientes mantienen viva una llama simbólica. Cines barriales, clubes culturales y centros autogestionados han comenzado a organizar ciclos de cine nacional con entrada libre y debates colectivos para sostener la circulación de las obras.
El futuro del cine argentino es incierto, pero su comunidad artística demuestra una vez más que la creatividad y la autogestión siguen siendo herramientas de resistencia. El desafío será reconstruir puentes y sostener un modelo que entienda al cine no solo como entretenimiento, sino como una forma vital de cultura y memoria.